La sonrisa imperfecta

26 08 2010

La noche se hizo día con su llegada. La oscuridad se tiñó de claridad, alegría y samba. Pocos jugadores han cambiado la historia de un club como lo hizo Ronaldo de Assis Moreira “Ronaldinho”, desde aquella tarde del mes de julio de 2003 en que estampó su firma en las oficinas del FC Barcelona. Su sonrisa iluminó a un club sumido en las sombras, con una galopante crisis deportiva y sin un referente al que agarrarse. Su fichaje inició el círculo virtuoso de Laporta e inauguró uno de los periplos más prósperos de la entidad culé. Aunque esa sonrisa resultó ser imperfecta.

Ronaldinho disfrutó dos años después del aplauso del Camp Nou

Antes, mucho antes, de conocer esas imperfecciones, Ronnie se había ganado el corazón de los azulgranas aquella madrugada del gazpacho frente al Sevilla, apenas en su segundo partido con la camiseta del Barça. Aquel golazo desde más de 40 metros fue su carta de presentación en el Camp Nou, el estadio que fue testigo del nacimiento de un nuevo astro del balón. Ronaldinho se convirtió en muy poco tiempo en el Rey Sol del barcelonismo, todo giraba en torno a su figura, todavía atlética, y con sus pases de gol, con sus regates imposibles, sus golazos, sus pulgares al aire y su sonrisa eterna cambió el status quo del fútbol español y europeo.

El Barça de hoy nació, creció y se multiplicó hasta el infinito bajo su amparo. Y pocos pueden presumir de ese privilegio. En la historia culé pocos han sido tan determinantes, pocos han dado un vuelco a la situación de tan grandes dimensiones. Si Kubala dejó pequeño Les Corts, Ronaldinho fue el mejor embajador del Barça en el arranque del Siglo XXI. Además de estos, Luis Suárez, Cruyff, Maradona y Samitier anidan en ese reducido santoral azulgrana.

Su fugaz subida a los cielos, coronada con aquella Champions League en París y esa ovación en el Santiago Bernabéu, fue solo el preludio del descenso a los infiernos. Sus días de vino y rosas se esfumaron casi con la misma facilidad con la que la tristeza se apoderó de su rostro. Tras tres años de excesos y éxitos, éstos últimos desaparecieron cuando se abandonó, cuando se dejó llevar por las tentaciones de su vida, cuando comenzó a vivir más de noche que de día. Entonces comenzamos a descubrir sus imperfecciones: sus salidas nocturnas (presentes desde su llegada), sus escaqueos de los entrenamientos, su ego de estrella, su aumento de peso, su sonrisa imperfecta.

Sus dos últimos años en Barcelona los vivió siendo señalados por todos: prensa, afición e incluso compañeros. La memoria del fútbol, esa gran desconocida, olvidó pronto su idilio con el Gaucho, las tardes de glorias, los días en que los focos de medio mundo apuntaban directamente a ese niño que trajo la magia al Camp Nou.

De allí se marchó en 2008, rumbo al Milán por la puerta de atrás (como tantos otros antes), para engrosar el cementerio de elefantes que ha montado Berlusconi en el club lombardo. Y por eso el homenaje rendido ayer en el Trofeo Joan Gamper se echaba en falta. Porque todos los que amamos este deporte nos levantamos alguna vez de la silla viendo jugar a Ronnie, viéndole reír, viéndole disfrutar del fútbol, de su vida. Una vida que como si de uno de sus regates se tratará terminó superándolo a él también. Su vuelta de honor al Camp Nou, su casa, tal y como él ha reconocido, forma parte ya de ese agradecimiento tardío, de ese reconocimiento justo para alguien que entregó los mejores años de su vida a cambiar el rumbo de los azulgranas. Porque todos tenemos defectos, e incluso imperfecciones y a pesar de ellos, Ronaldinho será eterno, como su sonrisa.