Adiós al portugués más universal

19 06 2010

Mi encuentro con él fue tardío. Llevaba varios meses siguiendo su pista y hasta el día de su muerte no tuve la dichosa fortuna de palpar uno de sus libros entre mis manos. Cuando todos los informativos nacionales abrían con la irreparable pérdida del dramaturgo portugués más universal, un servidor se disponía a zambullirse en ese universo crítico, descarado y pesimista que es Ensayo sobre la ceguera, su obra más leída. José Saramago, murió ayer víctima de una leucemia crónica que derivó en un fallo multiorgánico a los 87 años de edad en su particular paraíso terrenal en Tías (Lanzarote).

Nobel. El único galardonado portugués se marchó de su país tras la polémica con su obra El Evangelio según Jesucristo (1991)

El genial premio Nobel de literatura (1998) fue considerado por la Academia Sueca como merecedor de tal galardón por su capacidad para “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. Los que llegaron al encuentro de su prosa a tiempo lo catalogaron como el escritor que nunca se escondió, por su discurso comprometido y crítico. Pero Saramago no fue solo un escritor, a lo largo de su prolífica vida también se desempeñó con bastante soltura como poeta, periodista, traductor e incluso miembro del partido comunista portugués (lo era desde 1969).

Su éxito le llegó tarde, una vez la madurez, la experiencia y la vida le habían enseñado a escuchar antes de hablar y escribir. Y es que el autor de La Balsa de piedra (1986) fue poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre. No es de extrañar, por tanto, que su obra estuviera marcada por la preocupación social  y la exigencia estética. Hijo de campesinos sin tierras nacido en 1922 en Azhinaga, Ribatejo, a 100 kilómetros de Lisboa, conoció en sus propias carnes el esfuerzo y el sacrificio, reflejado en sus padres. Algo de eso también desprende su obra.

Ese período de silencio duró casi 30 años, en los que Saramago trabajó como administrativo, empleado de seguros y de una editorial; se había casado y divorciado de su primera esposa, publicado tres libros de poemas, ingresado en el Partido Comunista –por lo que tuvo que esquivar la censura de la dictadura de Salazar en más de una ocasión– y, sobre todo, consagrado como periodista. Como escritor, como novelista, la consagración le llegó en la década de los ochenta cuando el mundo descubrió su afilada pluma. La polémica tampoco le esquivó y con El Evangelio según Jesucristo (1991) se sintió defraudado con su Portugal natal, lo que llevó en acto de protesta a fijar su residencia en España, en las Islas Canarias.

A partir de entonces su actividad fue frenética. Una laboriosidad que le ha acompañado hasta su muerte con la escritura incansable de novelas, diarios, obras de teatro y hasta un blog. De hecho, en diversos medios se aseguraba que Saramago se encontraba enfrascado en la escritura de su próxima novela, de la que llevaba 30 páginas escritas. En esta última etapa, su obra se convierte en una producción completamente existencialista con la muerte de trasfondo, poblándose de preguntas imposibles, en las que la imaginación y la ironía campan a sus anchas.

Su pluma adquiere una nueva categoría con obras como Ensayo sobre la ceguera (1995), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004), o  Las intermitencias de la muerte (2005). Todas ellas recomendables, incluso para los que buscamos luz en esos universos paralelos creados por el maestro portugués. Nunca es tarde para la literatura. Tampoco para leerte a tí, Saramago, quien a buen seguro ya habrá respondido algunas de las preguntas que tanto le inquietaron a lo largo de su vida. Descanse en Paz.

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