Un hombre vencido por una palabra

1 05 2014

Aquel sonido se le clavó en la sien. Luego llegó el silencio. El silencio entre la multitud era una de las situaciones más fascinantes de su profesión, pero en esta ocasión lo paralizó. Sin tiempo de reacción apenas articuló un “no puede ser” mientras cubría su cabeza con los brazos. El resto de sus compañeros se afanaban en protestas y gritos. Sus ojos inyectados en sangre y con el sudor recorriendo su frente contrastaba con la cara desencajada de Luis, absorto, fuera de la escena. Era consciente de que no había nada que hacer.

Autorretrato - El desesperado_jpg

¿Tantos años de trabajo morirían allí? ¿Era ese el final del sueño? Se preguntó mientras rememoraba los madrugones, la juventud perdida, los días de bocadillo, el abandono prematuro de los estudios, los largos viajes y también las broncas de su madre que nunca quiso que tomara ese camino. Allí llegó siendo un crío, avalado por las destrezas conseguidas en las horas de calle y patio de colegio para orgullo de su padre, que siempre lo apoyó. Sobre todo al principio, cuando nada resultaba sencillo para un niño en un mundo de hombres. Persistencia, le repetía su padre para alimentar una ambición irrefrenable que destiló por todas las categorías de la empresa hasta conseguir un puesto fijo. Antes había sido meritorio. Ahora era la estrella de la oficina.

Aunque no reaccionó como tal aquella tarde en que la calima de junio apretaba con fuerza. El cansancio ha atenazado sus músculos y solo los ojos parecen responderle. A través de ellos ve a los directivos ahogarse con una corbata que aprieta demasiado, mientras otros no aguantan más, se levantan de sus asientos y se van. No soportan la presión. Tampoco la soporta el jardinero, uno de sus mejores amigos en ese lugar, su gran confidente, quien llora desconsolado como un niño antes de que todo se desvanezca. En ese recorrido su mirada se cruza con la de su jefe, manager general se hacen llamar ahora, al que la ira no le permite ni pestañear. Nadie apostó tanto por Luis como él, y ese es el pago que recibe. Para él también puede haber pasado el último tren.

“No hay nada que hacer” repite Luis para desconsuelo de las cientos de familias que han visto como su ilusión, sus posibilidades de crecer y prosperar, de seguir viviendo un sueño están a punto de esfumarse. Reconoce las caras del constructor que tanto dinero ha invertido, la del abogado al que confió los papeleos del contrato aún por firmar -esa renovación al alza que quizá ya no llegue-, la del propietario del restaurante donde tantas comidas de unidad han celebrado, también descubre el rostro pálido del dueño del bar de copas donde remataban las jornadas gloriosas y olvidaban los días cargados de oportunidades perdidas. Hoy no quedarán ganas ni siquiera para eso.

No son las únicas caras reconocibles. Hay otras más desencajadas como la del panadero que hace apenas dos días le trasmitía su nerviosismo y sus ánimos ante lo que se venía encima, gestos fruncidos como el de su amigo Pedro José, regente del mejor hotel de la zona y quien también sufrirá el revés. Al igual que Ernesto, su fisioterapeuta de confianza. Uno de los muchos que se quedó por el camino y ve en Luis lo que nunca pudo ser él. También está ella, la madre de sus hijos, y su mirada calmada. No necesitan gesto alguno, esos ojos siempre le han transmitido luz y esperanza.

Pero esta vez no lleva razón. A sus 34 años, Luis seguirá sin conocer las calmadas aguas de Madagascar. Tras esfumarse la prima pactada, el destino vacacional volverá a ser una playa de ámbito nacional, donde jugar con las palas y hacer castillos de arena con los niños. Y ellos, los niños, ya no coleccionarán fotos de su padre. El grito del locutor de radio provoca una punzada de dolor en el estómago: “¡Penalti! ¡Penalti en Las Gaunas! ¡A dos minutos para el final!” Mientras lo dice su puño se estampa contra la mesa. También él es consciente de que no cantará goles galácticos y recitará alineaciones de primera. La ola de la derrota se ha llevado sus castillos de arena por delante.