El griego de Toledo

7 04 2014

 

Hoy sería un director de cine. No quiere copiar la realidad… ¡Lo que quiere es que parezca que están vivos!” Fernando Marías 

El olvido es la peor respuesta para un artista. El rechazo y la marginalidad son las aves carroñeras que sobrevuelan alrededor de ese fracaso. Una losa que para algunos, como Doménikos Theotokópoulos, significó más de dos siglos de ostracismo y muerte. Ahora 400 años después de hacer ese viaje celestial que tanto espacio ocupó en sus cuadros resucita ante nuestros ojos. Vuelve lleno de vida y obra, de arte y propaganda oportunista. Sus brochazos son hoy su mejor defensa para conocer quién fue y cómo vivió un griego en Toledo, El Greco.Imagen

A pesar de lo próximo de su reconocimiento como gran artista contemporáneo, apenas un siglo, son muchos los mitos y leyendas que se han edificado alrededor del pintor cretense. En realidad estamos ante un artista poco estudiado y mal definido que nunca fue un visionario, porque como dice Fernando Marías, historiador del arte español y especialista en El Greco: “Los visionarios no tienen contacto con la realidad y El Greco se alimenta de la percepción. Disfruta con lo que ve y produce a partir de lo que mira”. Quizá por ello el retrato, ese primer plano sin engaños, es otra de las reivindicaciones de la exposición que estos días puede admirarse en Toledo, la ciudad que le acogió en España. El Greco es un gran retratista parece gritarnos la exposición al enfrentarnos nada más llegar con El caballero de la mano en el pecho en el Museo de Santa Cruz.

Hasta allí han llegado todas las grandes obras de este artista, 76 en total, nacido en Creta, quien vivió en la isla hasta los 26 años, donde su pintura mamó de las fuentes posbizantinas, para adquirir posteriormente una pátina de renacimiento, oleo y color con su estancia en Venecia. En Roma se empapó de manierismo y del huracán miguelangelesco. Ahí están las bases de su estilo, de su concepción de arte, de su interpretación única y veraz. Con esa paleta de influencias llegó a España. A Madrid primero, atraído por la decoración del Monasterio del Escorial, y a Toledo después, ya en 1577, donde le llegarían sus primeros encargos de importancia en nuestro país.

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Ahí surge El Greco como artista total. Con los retablos como festín escénico, todo queda al servicio de la emoción y ningún retazo se idea para la contemplación en museos. No lo hizo con La Trinidad, El Expolio o Alegoría de la Liga Santa. Este último fue junto a El Martirio de San Mauricio, las dos obras encargadas por Felipe II. La idea del pintor cretense era hacer carrera en la corte, pero ambas pinturas no fueron del agrado del monarca. Y el griego decide establecerse en Toledo. Su mirada y su pincel socializa entonces lo divino, acercando al pueblo una religión más humanizada con cristos veinteañeros, atléticos, vírgenes hermosas para contentar así nuestra imaginación de lo religioso. “Era un provocador; busca clavar un puñal en el ojo de aquellos fieles que se acercaban a rezar”, resume Marías.

En su madurez se aprecia mejor la personalidad del artista. Un ser extravagante que no pretendía doblegar su impulso estético a las ordenanzas de nadie. Orgulloso y testarudo, con un ego enorme no terminó de sentirse nunca un toledano más, según los historiadores más destacados. Sus cuadros firmados siempre en griego nos dan otra pista al respecto. Esa rúbrica aparece en El entierro del Conde Orgaz o La adoración de los pastores dos de esos cuadros rotundos que cerraron su prolífica obra. En aquel tiempo no existía afán alguno por nacionalizarle, por hacer desaparecer al Greco que existía antes de llegar a España. Doménikos fue siempre cretense y veneciano y nunca quiso dejar de serlo. Lo fue cuando su trazo no era tan sinuoso, cuando sus posturas no eran tan retorcidas, cuando sus figuras, incluso la suya propia, no eran tan alargadas.





Quiero volver…

9 02 2010

a escuchar proxima fermata: Colosseo

a comer las mejores pizzas de toda Roma servidas por el ‘metre’ del Baffeto (due e cuatro)

a admirar impávido la belleza y la serenidad que rezuma  la Fontana di Trevi

Un auténtico espectáculo de luz, color y sonido

a buscar españoles en la Piazza di Spagna

a salir con dolor de cuello de la Capilla Sixtina

a sentirme pequeño ante la magnitud y simetría de la Plaza de San Pedro

a rezar dentro de la Basílica de El Vaticano

a vislumbrar una puesta de sol desde la Cúpula de la Basílica de San Pedro

a subir esas escaleras eternas y tocar el cielo en el lugar desde el que un día se dominó el mundo

a sentirme gladiador  una vez enfilada la Via dei Foro Imperiali con el majestuoso Coliseo de fondo

a disfrutar de un ‘Ladies Night’ con el que confirmar que la fiesta solo hay que buscarla para que aparezca en cualquier lugar

a contemplar el Castelo de San Angelo desde la orilla del Tevere

a pasear en busca de un buen capuccino por el Trastevere

a recordar mis apuntes de aquellas impagables clases de Historia del Arte mientras observaba el Ara Pacis

a escuchar aquello de “italianas pufo”

a asombrarme con ese campo minado de arte, cultura y historia que es Roma

y sobre todo, (quiero volver) a tirar otra moneda a la Fontana di Trevi para convertir mis visitas a Roma en eternas

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a reencontrarme con las musas, los mitos y la leyenda en el silencio de las islas griegas

a saborear ese atardecer robado

a bañarme en esas aguas cristalinas

Los molinos, hoy convertidos en casas, son otro de los elementos carácterísticos de esta isla griega

a recorrer el laberinto de calles de Mykonos

a admirar ese contraste entro lo bohemio y lo turístico, entre el respeto a la tradición y el respeto al dinero que conviven en plena armonía en esta pequeña isla griega

a la playa Paradise y Superparadise para encontrarme un Mykonos abarratado

hasta allí en barco para tomar conciencia de que al paraíso cuesta tanto llegar, como rápido se esfuma en la línea del horizonte

a partirnos de risa con aquello de “tria paketi son cinco euros”

a confirmar que el mito son las griegas

a vivir una tormenta en el Mar Mediterráneo (¿o era el Egeo?)

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a vivir por encima de nuestras posibilidades en el Melia Athens

a saborear de una loncha de jamón ibérico dentro de un jacuzzi

a tener esa sensación de asfixia en un baño turco

a subir al peñón sagrado de los Dioses (la Acrópolis) para maldecir a los turcos, a los británicos y a la ceguera humana por descuidar y destruir una joya de la humanidad como el Parthenon

a contemplar Atenas desde las alturas rodeado de Cariatides, Columnas de estilo dórico, cellas y piedras tan cargadas de años y historia, como descoloridas por el imparable paso del tiempo

El estadio Panatenaico, construido en mármol, fue el complejo deportivo que albergo los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna en 1896

a repasar los caminos hollados por Sócrates, Pitágoras, Platón o Pericles (ese gran demócrata), en lo que constituyeron los primeros pasos de la humanidad que tenemos hoy

a rebuscar entre los carismáticos barrios de Monastiraki y Plaka un recuerdo y un regalo de esa cultura milenaria

a correr en cada paso de cebra

a despertarnos con un amable ‘Kalimera’ (buenos días en griego) y un tan generoso desayuno

a embriargarnos de ese espíritu olímpico que todavía hoy se observa en Atenas, la cuna de ese noble movimiento en la era moderna, representado en el estadio Panatenaico que habrá que ver más de cerca en la próxima visita.

Porque sí, es evidente que quiero volver.