Arquitectura del horror

27 01 2015

No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará? Primo Levi

Dicen que lo peor es el silencio. Un grito ahogado que traspasa muros y se filtra bajo el suelo. Un eco mudo al acecho en cada esquina. Un miedo sordo conectado por los alambres de púas que marcan la frontera del infierno. Dicen que la calidez del ambiente no mejora ni en las mañanas soleadas de mayo. Dicen que la frialdad lo domina todo como un manto de niebla, que exista o no, cubre cicatrices inhumanas. Por decir, dicen que el horror anida allí donde la historia y el recuerdo señala el kilómetro cero de la barbarie.

Raíles de tren que desembocan en Auschwitz

Para redondear la mueca macabra los huéspedes son recibidos bajo un eslogan tan sugerente como cínico: “El trabajo os hará libres”. Porque ese recibimiento es ya un pasaporte hacia la desesperanza, el abatimiento y la desconfianza en el ser humano. Algo se rompe por dentro al cruzar esas rejas corroídas por el odio. La punzada, aseguran, se aloja en un rincón del alma para siempre, justo al lado de las pesadillas infantiles, esas que resultan del todo inexplicables. Y a pesar de todo nos sentimos afortunados, porque nosotros viajamos con salvoconducto, un billete de vuelta sobre los raíles que un día solo fueron unidireccionales.

Son los nudos de (in)comunicación que sirven para explicar la historia. Trenes y raíles que vertebraban un espacio dominado por la mayor enajenación pertrechada por el hombre. Una red de redes cuya última parada era el exterminio industrial. Destino final para un millón trescientos mil deportados que en algún momento se alojaron en esa ciudad de la muerte donde la dignidad se perdía bajo un pijama de rayas, estrellas (¡qué ironía!) marcadas y números impersonales. Preludio humillante teñido de trabajos forzosos que debilitaban cuerpo y mente, que arañaban la esperanza.

Todo eso ocurrió hace más de 70 años en Auschwitz. El campo de concentración y trabajo más grande de los construidos por los nazis. Epicentro de la Solución final, supuso un salto en la escala del horror, tras la exterminación de gran parte de los judíos de Europa. Para llevarlo a cabo el Estado Hitleriano instauró dos tipos de campos, los de concentración, destinados a matar con trabajo esclavo todo tipo de enemigos políticos o elementos impuros (judíos, homosexuales, comunistas, republicanos españoles), y los del exterminio, destinados a la aniquilación directa de seres humanos en cámaras de gas. Auschwitz estaba preparado para matar de ambas formas.

Afortunadamente, en 1945 cuando las tropas soviéticas cruzaron las puertas del infierno todavía quedaban supervivientes. Algunos de ellos de pluma tan exquisita como Primo Levi. El escritor italiano desgrana en Si esto es un hombre con descarnada frialdad y una distancia impropia de quien ha sufrido tanto los recuerdos de aquellos días de oscuridad y furia silenciada. Entre las situaciones más destacadas resalta los escasos encuentros entre los guardias de las SS y los prisioneros, porque estos últimos habían creado todo un sistema para mantenerse lo más lejos posible del horror directo. En Levi se repetía una tendencia común en muchos de los supervivientes. Por sorprendente que parezca no guardan rencor u odio a sus verdugos. Eso supondría equipararse a ellos.

Una nueva lección en tiempos de valores extraviados e intereses difusos. Las víctimas prefieren avivar la memoria con sus recuerdos, en una lucha contra el olvido, en una viaje al pasado cuyo único destino es no repetir errores en el futuro. Ahora que se acaban de cumplir 70 años de la liberación de Auschwitz no está de más recordar que hubo un día en el que la realidad superó a nuestras pesadillas. Para no olvidar aquel mal sueño es necesario seguir recorriendo los raíles de la historia.