Un grito sordo

Me quedé atrás / temblando de ansiedad / y sentí el gran grito de la Naturaleza. Diario Edvard Munch. 1892

Hay gritos que no suben los decibelios pero atraviesan el alma y alteran la mirada. Son desgarros silenciosos que dilatan las pupilas mientras observamos un cielo teñido de fuego y lava, que nos deja alborotado ante la quietud de la escena. Alaridos de ansiedad que hacen tiritar a los sentidos para escapar de una realidad que nos asfixia y nos ahoga. Es el desasosiego que 120 años después de su creación todavía transpira El grito de Edvard Munch, ahora que por fin ha hecho ruido.

Sobran el sonido y las palabras

Ha sido en una subasta realizada en Nueva York donde esta obra maestra del pintor expresionista noruego ha puesto el grito en el cielo. Hasta allí ha ascendido gracias a la estratosférica cifra pagada por él, 91 millones de Euros, algo así como 15.000 millones de pesetas o algo menos de lo que pagó el Real Madrid por Cristiano Ronaldo, para que se hagan una idea. Suficiente, en cualquier caso, para convertirse en el cuadro más caro de una subasta, superando a Desnudo, hojas verdes y busto de Picasso por el que se llegó a pagar 81 millones de euros. Obviamente, se desconoce el comprador.

Como se desconoce la historia que encierra un cuadro único a pesar de contar con tres réplicas más gritadas por el mismo pintor. Para apreciar sus singularidades hay que fijarse primero en el marco, en la parte inferior encontramos el poema que inspiró al artista escrito por él mismo en caligrafía roja (A la puesta del sol / El cielo se tornó rojo sangre / y sentí un aroma de melancolía […] Me quedé atrás / temblando de ansiedad / y sentí el gran grito de la Naturaleza); la otra diferencia es más sutil, más delicada, se encuentra dentro del propio óleo donde vemos que uno de los personajes secundarios mira al paisaje, encogido ante lo que ve.

Convertido hoy en icono de la modernidad y en símbolo de la angustia existencial esta pieza era la única que todavía estaba en manos privadas. Los Olsen, una familia de armadores noruegos eran sus propietarios. El padre de Petter Olsen, actual propietario, fue vecino, amigo íntimo y mecenas de Edvard Munch, por lo que adquirió un buen puñado de obras desde finales de los años veinte. Además jugó un papel crucial para evitar la destrucción de casi 20 originales de Munch cuando los nazis incluyeron al pintor noruego en su catálogo de artistas degenerados.

Forense de nuestras miserias y transgresor de las leyes del arte, Munch vivió una vida atormentada, marcada por la muerte, la angustia y la enfermedad. Trazos que se vislumbran en su obra. Su madre murió cuando él era demasiado niño para gritar, tenía cinco años, pero el suceso afectó a su padre, severo y dominante, de por vida. Poco después, su hermana Sophie, hilo conductor de sus aficiones, el arte y la música, murió de tuberculosis, momento que marcó el final de su infancia. A los 17 años tuvo que abandonar sus estudios universitarios por diversas enfermedades. Fue entonces cuando Munch alzó el pincel y expresó sus sentimientos sordos al mundo.

En una ocasión dijo que no se podía pintar eternamente a mujeres cosiendo y hombres leyendo. Él quería pintar a gente que respirara, que amara, que sufriera y, por tanto, que gritara. Y se puso a ello. En 1890, a raíz de la muerte de su padre, inicia una colección de varias pinturas bajo el título ‘El Amor’ en el que Munch quería atravesar ese puente que separa las etapas de un romance y donde El grito representaba el trágico fin de la historia de amor, envuelto en angustia. Se trataba del último cuadro de la serie que el propio autor calificó como “un poema sobre la vida, el amor y la muerte”.

No consiguió Munch durante su vida ser recordado por éste ni por el resto de su obra. El grito fue calificado como perturbador y propio de un autor demente. Fiel a su propia historia, no fue hasta su muerte y sobre todo, tras aparecer en portada de la revista Time en 1961 para ilustrar los complejos de culpa y ansiedad cuando Munch pudo gritar a los cuatro vientos su talento. Desde entonces el cuadro parece rejuvenecer como una viñeta que ilustra los tiempos que nos ha tocado vivir. Tiempos de gritos en silencio y oídos sordos que nos tienen sumidos en la mayor de las angustias, con un presente asfixiante y un futuro teñido de rojo fuego. Tiempos en que solo el arte sigue fumando en pipa.  

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