El aroma del cambio

“Soy el capitán de mi alma, soy el dueño de mi destino” (De Invictus, poema de W. Ernest Henley (1849-1903), leído por Nelson Mandela en prisión)

La mecha se escondía tras un inofensivo carrito de frutas. Era una práctica habitual en Sidi Bouzid (Túnez) donde los policías “matan” el tiempo limitando las libertades mientras alimentan la tiranía. Poco o nada les hacía pensar que aquel 17 de diciembre cruzaban una frontera sin retorno. Una más en esa escalada de degradación y odio que alcanza, hiere y derrumba la dignidad humana. Aquella frontera, metáfora cruda de la mayor revolución democrática conocida en el Siglo XX y posiblemente en el XXI, prendió una mecha de la que todavía hoy desconocemos su alcance.

La Plaza de Tahrir en El Cairo ha sido toda una lección para el resto de la humanidad

El propietario de ese puesto de frutas y verduras era Mohamed Bouazizi de 26 años. Como tantas veces antes, su carrito fue confiscado por la policía y presumía que un simple soborno resolvería la situación. No fue así. A la hora de ir a recuperarlo, una funcionaria, Fadia Hamdi, le escupió a la cara. Bouazizi, licenciado en informática en paro (como el 14% de la población tunecina) no aguantó más y ese mismo día, preso de la desesperación y la ira, se prendió fuego en público. Acción-Reacción. Humillación-Revolución.

Casi un mes después de aquella respuesta a medio camino entre la heroicidad y la locura se había derrocado a un Gobierno y a un líder autócrata instalado en el poder durante más de dos décadas. La reacción fue inmediata: A las primeras protestas en la ciudad de Bouazizi (Sidi Bouzid) se sumó rápidamente la indignación del país entero. Las revueltas se sucedían en Túnez y en Argelia y ya se preparaban las manifestaciones en los bajos fondos egipcios. La muerte de Bouazizi el 5 de enero, convertido ya en héroe nacional, otorgó a la revolución el símbolo que necesitaban.

Y es aquí donde surge la tecnología para multiplicar exponencialmente esa ola de cambio que crecía sin parar. Internet y sobre todo las redes sociales se convierten en el altavoz del pueblo, porque para ellas no existen las fronteras nacionales. Esa ola no tarda en cruzar el Mediterráneo, surcar el Atlántico y extenderse por el Índico. Perplejo ante la respuesta organizada y pacífica, el mundo occidental se vuelve hacia ese territorio olvidado que siempre fue el norte de África en busca de respuestas. No las encuentra Zine El Abidine Ben Alí (Presidente tunecino). Esta vez ya no vale con los subsidios que abaratan alimentos. Esta vez la represión no funciona ante las manifestaciones pacíficas. Esta vez no existen formas infalibles para someter a la población árabe. Su respuesta a la humillación fue más humillación y el 14 de enero terminaba huyendo del país hacia Arabia Saudí.

Era solo el principio. La sociedad árabe se sentía indignada y humillada, heredera de una pesada culpa alimentada a base de prejuicios, miedos internos y externos. Esos sentimientos prendieron con fuerza en una población joven, (el 68% de los árabes tienen menos de 30 años), con un futuro más que incierto. Egipto fue el siguiente. Ironías del destino, la revolución se desató en El Cairo, Alejandría y otras ciudades egipcias el 25 de enero, era festivo, se celebraba el Día de la Policía. Aunque ese día terminaron haciendo horas extras.

Hosni Mubarak, el amigo de occidente, el hombre que garantizaba la “estabilidad” en Oriente Próximo desde 1981, a fin de cuentas el presidente de Egipto, recurría a su arcaico manual para intentar frenar una ola de libertad y cambio que era imparable. Eso lo descubrimos en la Plaza de Tahrir, donde día tras día desde ese 25 de enero miles de mujeres y hombres, religiosos y laicos, ancianos y jóvenes convivieron (y protestaron) en armonía. Fue una lección al mundo. Apostaron por la resistencia pacífica, se la jugaron por la libertad, la democracia y la justicia, y su persistencia encontró premio. El 11 de febrero, Mubarak dimitía y escapaba a escondidas hasta su residencia de Sharm el Sheij, en el mar Rojo. El ejército asumía el control y era el encargado de realizar una rápida transición a la democracia.

Esa transición tardará más en llegar a Libia. Allí comenzaron las primeras revueltas el 15 de febrero. Allí, Muamar el Gadafi, un líder de otra época, ha transformado la revolución en una cruenta guerra civil en la que se está masacrando a la población. Todo ello bajo la mirada despreocupada de la Comunidad Internacional, que ha vuelto a ‘descubrir’ los efectos de alimentar villanos. Su respuesta se presume ya tardía. Aunque el presidente libio pelea frente a la historia, como antes lo hicieran otros, y todos salieron derrotados. Son señales inequívocas, los árabes pretenden alzar la cabeza, buscan conquistar la dignidad, desean, simplemente, asumir su propio destino.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: