El amor huele

26 03 2014

 

Todos llegan como un huracán de viento fresco, da igual que el aroma nos remonte a la calima veraniega o al frío otoño en Nueva York. Cuando llega, el amor siempre huele a primavera, todo brota a una velocidad de vértigo, como esos documentales en los que vemos florecer orquídeas, rosas o narcisos a cámara rápida. Entre besos que huelen a carmín rojo y deseo púrpura, la ilusión viaja instalada en los ojos de los protagonistas, con ese brillo tan característico del metal recién pulido. El primer amor lo llaman, olor a fruta fresca y vistas a un domingo soleado con todo el día por delante.

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Para entonces nadie frena la intensidad de un olor que como el del café bien cargado se convierte en esa droga que todo el mundo necesita para echar a andar. Humeante y amargo. Adictivo. Como dos piedras que chocan hasta que las chispas, jadeantes, comienzan a destilar ese olor del papel mojado que empieza a arder. Los fósforos iluminan, esas noches, las sombras del pudor mientras prende la pasión irracional e ingenua del carpe diem. Ese olor lo descubres al día siguiente cuando abres las ventanas y aireas la habitación. Son días en que todo huele al centro de tu andar.

Ese amor huele a campos de trigo donde la tormenta estival te sorprende y el olor de la tierra húmeda se confunde con el de los cuerpos sudorosos. Gotas de agua cómplices que van calando hasta los huesos. Ese amor huele a excusa para volver a verse, a cañonazos disparados al alma, a cohetes surcando tu falda. En esos momentos captas tantos aromas que crees flotar, te sientes más alto, notas que no apoyas los pies en el suelo. Ahí, por encima de la contaminación reinante el olfato se da un festín. Como si todo oliera ya diferente, como si lo ácido del limón se hubiera quedado en el frescor de esa fragancia que te eriza la piel, como si el calor pegajoso del metro oliera igual que las caricias sobre tu espalda.

Ese chaparrón de éxtasis consiguen extenderlo algunos varias semanas, un par de meses los más afortunados, unos cuantos años si lo que hacen es ver una telenovela. Pero ese primer amor no solo desprende aroma a látex y calzoncillo de domingo. La brisa fresca de esa primavera atemporal viene acompañada del olor a castaños, almendros u hojas caídas que decoran los paseos eternos de los enamorados. Siempre hay hueco para la vainilla en forma de helado y el chocolate se convierte en el entremés ideal antes de llegar al postre. Que como no podía ser de otra manera huele a fruta de la pasión con un toque de canela.

También el amor se actualiza y por eso ahora huele al plástico impersonal de los ordenadores, al anonimato de las redes sociales y a las carantoñas teñidas de emoticonos amarillos. Hace tiempo que se esfumó el perfume de la carta escrita, de la postal cargada de añoranza, ni siquiera el amor resiste ya la atracción de la foto revelada. Y por contradictorio que parezca, ese mundo veloz e instantáneo encaja a la perfección con el primer amor. Ahí donde el tiempo huele a arena que se escapa entre las manos, a mecha corta de petardo, a novela con las páginas en blanco, ahí, descubres de repente, la primera bofetada del amor. Nunca más volverás a oler algo igual.





Valdano: “No cambio el Mundial por el Nobel de Literatura”

21 01 2014

La pelota se hizo palabra cuando Jorge Valdano abandonó los terrenos de juego. Desde entonces comenzó un periplo con parada en los banquillos, en la zona noble del palco y la tribuna de prensa. Ayer pisó un nuevo estadio, donde se movió con la elegancia que acostumbraba cuando vestía de corto. Fue en el Instituto Cervantes de Madrid hasta donde acudió para anudar y reforzar los lazos entre la palabra y el fútbol, entre la cultura y el mundo del balompié, otrora enemigos acérrimos. La excusa fue el ciclo Encuentros en el Cervantes, que en este 2014 arrancó con la visita del ex-jugador, entrenador y comentarista argentino, donde literatura y fútbol demostraron que saben hacer algo más que simples paredes.

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Manuel Vázquez Montalbán, Nick Hornby, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Galeano, Juan Villoro, o Eduardo Sacheri fueron algunos de los nombres que aparecieron en la alineación titular de Valdano. Escritores de distintos orígenes y estilo que tienen en la pelota un universo común para la recuperación (semanal) de la infancia, Villadoro dixit. Pero el ’11’ no estaría completo sin la Revista Libero, un nuevo proyecto deportivo cultural que pretende acercarse al deporte rey desde otra perspectiva, rodeado de reflexiones sociales y con ese toque literario olvidado durante tanto tiempo. Fútbol sin gritos, en definitiva, donde Valdano colabora. Al fin y al cabo pocos saben leer los partidos como él.

“El Mundial no lo cambio ni por el Premio Nobel de Literatura”. Fue la frase más altisonante del ex jugador argentino que fue trufando su alocución con perlas y anécdotas con futbolistas y literatos, la mayoría de ellas con la pelota de por medio. Valdano reconoció que la conquista del Mundial’86 le sobrepasó pero que no derramó ni una lágrima en los vestuarios tras ganar y marcar en la final: “Lloré cuando escuché el gol de la final narrado, como si la palabra hubiera completado a la obra futbolística. Quizá podríamos decir que el fútbol sin la palabra se queda corto, vacío”. Hubo espacio también para reflexionar sobre el momento que vive el mundo del balompié: “El fútbol se parece al lugar donde se juega. Aquí el Madrid y el Real Madrid se distancian cada día más, ellos tienen todo el mundo como mercado, mientras que los equipos pequeños solo pueden acceder a su ciudad o provincia” comenta Valdano, quien cree que nos sigue haciendo más ilusión ganar al vecino de al lado, que al del país de al lado, “es ese odio por el rival cercano”, concluye el argentino.

A pesar de todo no ve en la globalidad un enemigo a las raíces de los sentimientos que desprende el fútbol porque ahora que el deporte rey compite con la tecnología y con una oferta de ocio mucho más amplia “que los goles de Messi o Cristiano Ronaldo lleguen a todos los rincones del mundo es el mayor poder del fútbol. Esos niños podrán emular a su ídolos” resume Valdano, antes de concluir que la esencia que explica la grandeza de este deporte “es la sospecha de que cualquiera puede ganar a cualquier antes de que empiece el partido”. Más crítico se mostró con las escuelas de fútbol: “mejoran al mediocre e igualan y coartan la libertad del jugador diferente. Antes, la calle te diferenciaba y si acaso, los únicos que te insultaban eran tus compañeros, si fallabas un pase o un gol”, Valdano añora el potrero y ese juego donde la picardía y el talento crece ante las adversidades.

Menos añora su última etapa en el Real Madrid, en la que ejerció las labores de Director General y Portavoz del club. Sobre el conjunto blanco dejó una reflexión que se proyecta hacia un duelo futuro: “El Real Madrid ha apostado por los héroes como Cristiano Ronaldo o Bale porque eso te genera aficionados. El Bayern, que viene de ganarlo todo, ha apostado por la seducción y el buen juego que asegura Guardiola para conquistar a otros mercados, más perezosos, como Asia o Norteamerica”. Y rápidamente surge la unión entre el Madrid y la cultura y el momento social de su época. Pocas generaciones han representado mejor y han digerido mejor sus tiempos que la Quinta del Buitre: “eran grandes lectores, Pardeza, sin ir más lejos, escribió su tesis doctoral sobre el escritor César González Ruano.

Defiende Valdano que el libro no te enseña a vivir, pero que es la mejor manera de vivir otras vidas. Aunque Valdano valora a todos los escritores, sean de ficción o notarios de la realidad como los cronistas deportivo, entre los que exaltó algunas plumas como las de Segurola o Enric González: “tienen la capacidad de descubrir el nudo del encuentro y, a partir de ahí, contarte un cuento, una historia alrededor del partido de fútbol”. Hubo tiempo, incluso, para hablar de cine. Además de Sacheri, Campanella y su El Secreto de los Ojos o su más reciente Futbolín (Metegol, en Argentina), Un partido de leyenda de Carlos Marañón también se pasearon por el Cervantes, aunque el ahora comentarista deportivo no se ve como creador de ficción.

Para terminar, Jorge Valdano obsequió a los presentes con la lectura de un cuento de Roberto Fontanarrosa, otro ilustre rosarino que confirma que en esa ciudad argentina el talento se reparte en las esquinas. Aquello es un Rosario de genios y si no me creen revisen su padrón municipal. Antes, justo antes, deberían leer o teclear en youtube Viejo con árbol. Es el cuento del ‘Negro’ que escogió Valdano, el único en sus propias palabras “que ha llevado lo simbólico del fútbol a la realidad”. Verán que no es ninguna exageración y comprobarán que como ayer en el Cervantes el fútbol toma la palabra y la palabra se impone al fútbol.

Viejo con árbol [6:45]





Besos al alba

15 12 2013

Una misma situación vista por distintos ojos:

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1. – ¡Qué vergüenza, hija! ¡Vaya una juventud que tenemos! Dijo Dionisia

– ¡Uy, calla, calla! No me lo recuerdes, que todavía se me revuelve el estómago, replicó Críspula.

– Ya no se respeta nada. Ni las formas, ni, ni, ni, nada. Hombre vaya espectáculo, allí en mitad de la calle, seguro que llevaban toda la noche sin dormir…

– Bueno, eso seguro, si ahora los mozos salen a la hora de acostarse… le cortó Críspula.

– Vaya apaños…ahí sobándose de todo. Luego ya sabes a los dos días se cansan y si te he visto no me acuerdo, continuó Dionisia.

– ¡Virgen del amor hermoso! A ver si tú con su edad hacías eso con Bonifacio, soltó Críspula.

– Pero qué dices, si nosotros en cuanto salía el sereno nos íbamos a escape a casa, le contestó Dionisia.

– Y teníamos un respeto, mujer. Ahora parece menester hacerlo todo cuánto antes, sin casarse, ni nada, respondió Críspula

– Uy, es que eso de besar al novio… eso no era como ahora.

– Y eran besos bonitos, castos, de los de toda la vida, la cortó Críspula

– Sí, no como los de ahora que se enganchan como garrapatas y no se sueltan. Vaya una guarrería, dijo Dionisia.

– Eso es vicio. Yo hasta he rezado unos cuantos rosarios en misa, para que Dios les perdone. Culminó Críspula mientras salían de la Basílica.

2. ¡Fuah tíos! No os he contado la de anoche, cuando salí de la disco. La rubia esa, la que vimos cuando nos fuimos a pedir la primera copa. Os acordáis ¿no? Sí, hombre, que Miguel empezó a tirarla fichas. Sí, sí, la que iba con el vestidito blanco, súper corto, con unas perolas muy bien colocadas. Pues eso, que hizo diana el cabrón, que tanto picar piedra acabó encontrando petróleo. La estaba comiendo toa la boca cuando me iba para casa. Y yo que pensé que se había ido ya, y sin despedir como siempre. No te creas que se había escondido mucho ¡eh!, me los encontré en los portales de al lado, la tenía ahí aprisionada contra la pared y más enganchado que el Truli a los porros. Joder, y a ella se la veía valiente ¡eh! Menudo calentón tenía que llevar, le apretaba el culo con ganas y de vez en cuando le cogía con la otra mano por la nuca. No se le escapaba, no. Miguel no se ha visto en otra así en su vida. Yo, al principio me acerqué, porque no me lo podía creer y cuando le reconocí no quise decirle nada. Le iba a cortar to’ el rollo tío.

– Pero ¿se la zumbó o no? Preguntó uno de los amigos.

– Eso espero, dijo entre risas, aunque conociendo a este se habrá ido con dolor de huevos.

3. Me hubiera gustado preguntarla si ya le había prometido la luna. Me hubiera gustado saber qué la mantenía atrapada a esos labios. Me hubiera gustado decirla, en fin, que huyera que todavía estaba a tiempo. Pero creo que el daño ya estaba hecho. Las promesas vanas, los besos asfixiantes, los cuerpos tersos de la juventud y las manos estranguladoras habían calado hasta el tuétano, sin que ella apenas se diese cuenta. Allí a plena luz del día él exhibía a su presa, el trofeo de la noche de caza, la rutina hecha efectividad. En su particular festín al alba ella fantaseaba con planes conjuntos y largas tardes en compañía. Mientras que el único plan de él se resumía en la nueva compañía de la próxima tarde o noche o madrugada. Había visto esa escena mil veces, las mismas que tardé en comprender que ellos buscan la falda más corta, no el corazón más grande. Sin dudar a la hora de disfrazar sus deseos más bajos con Te Quiero en varios idiomas. Será por lenguas.Todo eso me hubiera gustado decirle a riesgo de que no me creyera, a riesgo de que el tiempo terminara dándome la razón.

4. El frío de la mañana se espantó ante la calidez de aquellos besos. El otoño les sorprendió bajo unos portales, abrigo cómplice de la discreción, que las primeras luces del alba dejaron al desnudo. A la intemperie, sus cuerpos luchaban como escudos en una batalla perdida de antemano. Armoniosos, acompasados, con las marchas militares escuchadas durante toda la noche todavía metidas en la cabeza, intentaban avanzar sin que el otro retrocediera ni siquiera un palmo. No era aquello, acaso, el arte de la guerra. El fuego cruzado iba de boca a boca y los impactos producían en el alma la pulsión de la pasión. No se contaban rehenes y los daños colaterales ascendían a un par de mordiscos en el cuello y caricias bajo la espalda, simples advertencias para batallas venideras. La artillería ligera agotaba sus municiones mientras el deseo aspiraba a calmar su sed en fuentes mayores. A ambos aquella guerra les sabía ya a poco. Habían venido a incendiar la noche y el enemigo les había sorprendido, cara a cara, con los primeros rayos de sol. A plena luz del día descubrieron las consecuencias del bombardeo. Se habían enamorado y el tiempo se les escapaba de las manos, no hay acaso, lucha más hermosa.





LÍDERES

5 12 2013

“Los verdaderos líderes deben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo”. Nelson Mandela

Ahora que el factor humano agoniza la nostalgia se apodera de nosotros. Asfixiados por unos políticos que olvidaron la grandeza de servir al pueblo para servirse de él cada cuatro años, roemos nuestra miseria en busca de unos brotes verdes que no aparecen en una tierra cada vez más árida. En un país donde los oasis se pagan en sobres teñidos de negro y el silencio es cómplice de una mal entendida picardía resulta estremecedor encontrar líderes. Líderes como él, capaces de unir una nación, de lanzar un mensaje, de tener una idea, de trabajar para los demás. Ahora que Nelson Mandela agoniza, la esperanza también se resiente.

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Lleva tiempo ‘Madiba’ -abuelo venerable, como le conocen en Sudáfrica- anunciando el final de su historia, como si este epílogo sirviera para hacer resumen de sus logros y recordar así su legado. Ese ideal de libertad y democracia en el que Mandela convirtió a Sudáfrica, previo paso por la cárcel, donde permaneció 27 años, pero donde nunca abandonó sus sueños. Así pasó de terrorista a mito al derrotar al Apartheid y convertir a todos, de un plumazo, en iguales ante la ley. Algo que suena tan lejano, casi tanto como los 8.500 kilómetros que nos separan.

 

El camino nunca fue sencillo. Nacido en la tribu de los Tembu, fue formado para convertirse en dirigente de su clan, pero desde muy joven se rebeló contra su destino, estudió Derecho y se metió en política para luchar contra la xenofobia imperante en su país. Era un negro en un territorio dominado por blancos que practicaban la exclusión racial y no estaba dispuesto a aceptarlo. Entonces Mandela se convirtió en un número, el 46.664 de Robben Island, la prisión en la que fue encarcelado acusado de alta traición. El suplicio acabó el 11 de febrero de 1990, estaba a punto de nacer una nación multicolor.

 

Sin rencor y fiel a sus ideales de reconciliación alzó la bandera de la transición. Auspiciado por la mayoría negra fue aupado como presidente en las primeras elecciones democráticas que se celebraban en Sudáfrica. Era abril de 1994. Apenas un año después se había metido a toda la nación en el bolsillo. Fue en el Mundial de Rugby de 1995. Sudáfrica logró aquel torneo en casa y la imagen de Mandela entregando la copa al capitán de los Springboks, François Pienaar, forma parte ya de la historia de la humanidad. Sí, deporte y política pueden ir de la mano sin el oportunismo y la superficialidad reinante.

 

En el poder por extraño que nos suene ‘Madiba’ mantuvo su coherencia, no se aferró al sillón y supo marcharse a tiempo, para que otros continuaran su camino. Desde una segunda línea siguió luchando por las causas nobles que defendía como la erradicación del SIDA o de la pobreza en África. Casi dos décadas después de su llegada al poder todavía queda mucho por hacer en Sudáfrica. El panorama social y político ha virado hacia una superioridad del Comité Nacional Africano (CNA) mientras que la mayoría del voto blanco y mestizo lleva demasiado tiempo viviendo en oposición. Y aunque se han reinventado nuevas clases sociales, la unión social parece lejana. Hay siempre una calma tensa y las distintas razas viven juntas pero sin mezclarse.

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La riqueza, por su parte, sigue en manos de los blancos y de una minoría negra, que en la mayoría de los casos está conectada con el poder. El Apartheid dejó también un país en quiebra por lo que el CNA aprobó una ley por la que las empresas tienen la obligación de contratar a los empleados en proporción al número de habitantes de cada raza. Y para muchos esta ley se ha convertido en un Apartheid a la inversa ante la numerosa emigración blanca que se ha producido en los últimos años.

 

Mientras el mito se difumina, los deberes, aun por realizar, se perfilan con mayor crudeza. Poco podrá hacer ya Mandela por esa Sudáfrica que soñó y pergeñó entre barrotes, pero su recuerdo, su figura y sus líneas maestras deberían ser pilares suficientes para reconducir el camino, para volver a creer en el ser humano, para sentirnos representados por nuestros dirigentes. La imagen nos sitúa en el sur de África, pero aquí, en el sur de Europa los trazos de este cuadro deberían resultarnos familiares.  





Instrucciones ante el abismo

9 11 2013

Lo peligroso de estas instrucciones es que uno nunca sabe cuando puede utilizarlas. El abismo puede esconderse a la vuelta de la esquina o en lo alto de una cima. Puede ser ese paso que cambie tu vida o ese asunto de tu pasado al que te niegas a regresar. En cualquier caso, guárdelas en lugar seguro y llévelas siempre consigo. Y si tiene alguna duda no acuda a su farmacéutico, le será mucho más útil acudir al sentido común.

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En primer lugar, no es recomendable enfrentarse al abismo con exceso de equipaje, ya sea físico o emocional. Mejor deshacerse de toda carga innecesaria a la hora de asomarse a ese precipicio, no vaya usted a perder el equilibrio en esas circunstancias.

Si alguien tiene vértigo, la única prescripción es no mirar hacia abajo. No mire hacia abajo, da igual la distancia o la altura, que usted mida 1,60 o cerca de dos metros, no mire hacia abajo. Mire al frente, así tendrá claro su objetivo.

A continuación repare en el calzado. El calzado es importante. Unas botas para caminar o unas zapatillas cómodas son siempre una buena elección. Se desaconsejan las chanclas y los tacones, porque en esas situaciones el terreno nunca es firme.

En cuanto a la ropa, dependerá del momento del año en que uno se enfrente al abismo. En este punto se recomienda el otoño o la primavera, épocas propicias para la catarsis, aunque no siempre se puede elegir.

Si llegados a este punto usted se encuentra algo aturdido no se preocupe. Si nota que su corazón bombea de forma acelerada y el sudor recorre su frente no se apure. Debe respirar profundo y de manera pausada. Inspirar-expirar. Inspirar-expirar. Así 4 o 5 cinco veces. A la sexta o séptima vez ya no necesitará controlar la respiración y lo seguirá haciendo de manera natural. Es el momento de disfrutar del paisaje, de las aves que revolotean a esas alturas, la mayoría rapaces. Tómese su tiempo, no todos los días se tienen estas vistas.

A estas alturas usted debería pensar que todo esto está muy bien, pero que usted no ha llegado hasta aquí única y exclusivamente para admirar lo que tiene delante. En este momento usted debería preguntarse que se hace ante el abismo. Las respuestas se limitan a dos.

  1. Si le pesan las piernas y la fatiga le obliga a sentarse y tomar un respiro. Si la cabeza no deja de dar vueltas a las consecuencias y los peligros de enfrentarse al abismo, es muy posible que usted no esté preparado. No tema a darse la vuelta y desandar el camino andado. Si duda, dé marcha atrás. Hay algo que no le hemos advertido, el abismo seguirá ahí esperándole y tarde o temprano deberá volvérselas a ver con él. Vuelva usted cuando quiera.

  2. Si se siente excitado y estimulado, si la responsabilidad no le asusta, si está decidido a dar un paso adelante en su vida usted está preparado para enfrentarse al abismo, usted está preparado para saltar, para descubrir que hay más allá. En ese momento le importa un bledo si la bruma no le deja ver que hay detrás de ese salto, usted solo quiere saltar. No hay más que hablar. Salte, salte, salte y siéntase libre de una vez.





Suenan Los Beatles

4 11 2013

Antes de Los Beatles, todo era distinto; después, nada fue igual. John Lennon

Hace 50 años el mundo asistió a un cambio de rumbo. De rumbo y de ritmo. Surgido desde las catacumbas de un desconocido pub de Liverpool, una caverna desde la que demostraron que otro camino era posible. Hamburgo terminó de curtirles. La historia de la música estaba a punto de conocer un nuevo escenario, un horizonte en tecnicolor en un ambiente de fans histéricas y enloquecidas por los ritmos endiablados de cuatro desconocidos. Cuatro escarabajos que fueron tomados a broma, cuatro veinteañeros que reinventaron el pop para dejar un legado que ya dura 5 décadas. Hace medio siglo cambió la banda sonora de nuestras vidas y en el tocador, de una manera u otra, aun hoy siguen sonando The Beatles.

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En una época excelsa en lo revolucionario, John, Paul, George y Ringo convirtieron la brisa fresca en huracán para lanzar al mundo un mensaje cargado de notas alegres, juveniles y comprometidas. Así se plantaron en Londres en la Navidad del 62 tras haber encontrado un nuevo batería para el grupo, con muchas horas de vuelos en los pub de Hamburgo y con un hit que había pegado con fuerza, Love me do. La oportunidad les llegó cuando menos se esperaba, cuando la industria discográfica entendía que los grupos músico-vocales pertenecían al pasado y cuando Liverpool solo producía humoristas. Quizá por ello se sentían solos contra el mundo y decidieron comérselo.

 

Lo empezaron a hacer con su primer álbum: Please Please me. El descaro y la enorme seguridad que desprendían se podía apreciar en sus canciones, Please Please me, From me to you o She loves you que alcanzaron el número uno de las listas de venta en el Reino Unido. Con su primer disco, publicado en marzo de 1963, se desató la Beatlemanía. Please Please me se mantuvo más de medio año (30 semanas) como el disco más vendido. Ese LP fue grabado en un solo día, en una única sesión maratoniana, como si de una actuación en directo se tratara, en los EMI estudios de Londres. El torrente creativo de Lennon y McCartney fluía en todo su esplendor con George Harrison como artista invitado entre esos dos colosos, alumbrando canciones sin detenerse todavía en la profundidad de las letras, buscando más todas las posibilidades del sonido, creando un estilo propio.

 

A partir de entonces les tocó sobrevivir al éxito en una montaña rusa de histeria y euforia. Nadie levantaba tantas pasiones guitarra en mano, la multitud que luego desplazaron Queen, los Rolling o Springsteen la vimos primero con ellos, el uso de la amplificación del sonido lleva también su firma. Y es que su segundo disco, With The Beatles, publicado en noviembre del 63, apenas 8 meses después del primero sucedió a este como número uno en la lista de ventas. Entre uno y otro los cuatro de Liverpool permanecieron un año en lo más alto de la música británica. Luego llegó la conquista de EE.UU. a inicios del 64. 3000 personas les esperaban en el aeropuerto John F. Kennedy. Su primera aparición en la televisión norteamericana congregó a 74 millones de espectadores (la mitad de la población del país). Más tarde llegarían a Hong Kong, Dinamarca, Australia e incluso España. La Beatlemanía no entendía de fronteras.

 

Ese ritmo frenético duró hasta 1966. En tres años habían conquistado el mundo y dejaron de dar vueltas alrededor de él. Se metieron en el estudio y cambiaron otro de los parámetros clásicos: los discos ya no serían un retrato del directo. Cada disco sería una creación autónoma como lo eran A Hard Day’s Night, Rubber Soul o Abbey Road. Entre medias su talento también invadió la gran pantalla al protagonizar varias películas a las que evidentemente pusieron la banda sonora. En ese tiempo ya coqueteaban con todo tipo de drogas y con su habitual superioridad y descaro no tuvieron problemas en reconocerlo. Como si eso les identificara más con toda una generación, con su tiempo.

 

Solo fueron ocho años (1963-1970) en los que abarcaron un extenso territorio musical. El abanico se abre desde el rock & roll y blues, pop, baladas y psicodelia, hasta el folk-rock, country y soul. Aprovecharon los hallazgos de otros coetáneos en sus canciones, subieron el listón ante los nuevos vientos creativos de The Who, Los Stones o el mismísimo Bob Dylan, gran referente de la banda. Todo ello sirvió para crear el sonido Beatles, un sello único, porque alguien puede no haber visto nunca una pintura de El Greco, una escultura de Da Vinci o no conocer una canción de Los Beatles, pero necesita apenas un vistazo, un puñado de segundos para reconocer la mano de estos artistas. Los Beatles lo eran, buena muestra es que ellos ya tocaron todo lo que hoy escuchamos.  





Música entre manos

1 11 2013

Carlos siempre quiso tocar la batería. Creció rodeado de platillos, bombos y tambores de diferentes tamaños. Al son de las canciones de Oasis, Queen o Rolling Stones. Eran los grupos favoritos de su hermano mayor. Ese que en el garaje repetía machaconamente las melodías de sus ídolos para enfado de sus vecinos y también de sus padres. A Carlos ese ruido del que siempre se quejaban los de la casa de al lado le sonaba a gloria bendita. Alucinaba con la habilidad de su hermano, al que una y otra vez le pedía que hiciera malabarismos con las baquetas. Aquello siempre era el preámbulo de algo grande. El 1, 2, 3 y … las manos se ponían a tocar.

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Aquellos movimientos le hipnotizaban, por momentos lo de menos era la melodía, el ritmo o la violencia de los golpes. Le fascinaba la sincronización de las extremidades, los golpes secos del pie contra el pedal del bombo, repetitivos, cansinos, imprescindibles para mantener el tempo. Algo completamente distinto a la anarquía de las manos que se movían libres de la caja a los platillos, de los toms a los cencerros. Eran ellos los que aceleraban su pulso, los que le hacían sentir la libertad a flor de piel. Allí con sus ojos clavados sobre metales, madera y parches la lágrima furtiva acaba apareciendo tarde o temprano. “Me emociona lo bien que lo haces” se justificaba Carlos, mientras su hermano en plena edad del pavo, metido en su mundo, sonreía sin más.

A medida que ampliaba sus conocimientos musicales, Carlos se convertía en el mayor crítico de su hermano. No dudaba en recomendarle mayor tensión en las manos a la hora de ejecutar un redoble o de agilizar los movimientos para no perder el ritmo en una base de rock. Había leído mucho sobre el papel capital de los grandes baterías de la historia de la música y una frase le retumbaba en su cabeza: “El batería tiene una brújula en sus manos que marca el camino al resto. Un grupo será lo que él quiera que sea”. Fueron innumerables las veces que se lo repitió a su hermano, aunque éste, agobiado por su comienzo en la universidad cada vez tenía menos tiempo para su brújula.

Quizá por ello, y por la llegada de un nuevo instrumento a casa, Carlos se acercó a su hermana pequeña. Los celos iniciales tras su nacimiento habían configurado una relación difícil entre ellos. Carlos nunca encontraba temas en común para hablar o compartir con ella, hasta que el violín se cruzó en sus vidas. Aquella posición tan característica pronto le llamó la atención. Ese brazo arqueado y sobre todo, la destreza de los dedos para deslizarse y presionar las cuerdas en un espacio tan pequeño le fascinaron. La versatilidad del violín hizo el resto. De las manos de su hermana salían la ternura, la tensión, la sonrisa o el llanto, la elegancia y la robustez sonora que cabe en ese pedazo de madera. También las notas desafinadas o las cuerdas rotas, tenían cabida en sus manos.

Aquel arco convertido en la extensión de su hermana le ayudó a descubrir las sensaciones propias de la pubertad. Los pizzicatos que las manos de ella urgían sobre las cuerdas le recordaba a los primeros pellizcos de amor juvenil. Los dedos vibrando sobre las cuerdas eran reflejo de esos gallos en la voz que tanta vergüenza le daban. La rebeldía propia de esa edad se escenificaban en los trémolos, esos movimientos rápidos de arriba a abajo que su hermana hacía con la mano izquierda para encontrar nuevos efectos sonoros. El violín le reafirmó en sus ideas. Llegada la universidad, él quería estudiar música.

Fue en las aulas vetustas y desfasadas de Ciudad Universitaria donde conoció a una chica diferente. No le atrajeron ni sus ojos verdes, ni su trasero. Ni siquiera le echó para atrás su altura. Aquellas manos esbeltas, blancas, muy blancas, coronadas por unas discretas uñas pintadas de color carne fijaron su atención. Casi tanto como la cajita de madera que siempre le acompañaba. Nunca se perdonará haber tardado tanto en identificarlo. ¿Tocas la flauta travesera, verdad?, fueron sus primeras palabras. No había tiempo que perder, jamás había conocido a alguien que tocara la flauta travesera y era buen momento para saber un poco más de ese peculiar instrumento. Una excusa más, al fin y al cabo, para descubrir a la chica que se escondía detrás de esas manos.

Plateada y reluciente, la flauta era armonía en sus manos y dulzura en sus labios. Así le pareció a Carlos desde las primeras prácticas juntos en la Universidad. Luego repasaron las raíces medievales del instrumento, sus referencias literarias y hasta la peculiaridad de pertenecer a la familia de viento madera, cuando la flauta está construida de metal. Pero nada era tan asombroso para Carlos como tapar los 16 orificios que componen el cuerpo y el pie de este instrumento: “Me parece dificilísimo que pises tan bien las llaves” le confesó. “Lo complicado reside en la embocadura, en la manera de expulsar el aire, lo otro es destreza de las manos” respondió ella antes de preguntarle ¿Y tú? ¿Tú no tocas ningún instrumento?”

Carlos recuerda hoy aquella pregunta con una sonrisa, cogido de la mano de Daniela, la chica que tocaba la flauta travesera en la Universidad. Ni entonces, ni ahora Carlos tocaba o toca un instrumento. No puede hacerlo porque la talidominia que su madre tomó durante el embarazo le provocó malformaciones en su brazo izquierdo, el cual hoy es más corto de lo normal y lo remata un muñón en lugar de dedos. Pero la música no encuentra vallas si la melodía es sincera. La de Carlos además es apasionada y tras su paso por la Universidad se especializó en director de orquestas. Hoy es el director de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Hoy es él quien acuna la brújula en sus manos. Hoy es él quien marca el camino al resto.