El entrenador de nuestras vidas

2 05 2015

¿Cómo olvidar aquel primer día? El veneno ya se alojaba en la sangre pero él comenzó a canalizarlo, a trasladarlo del corazón a los pies y de ahí hasta la cabeza. De allí no nos lo quitamos jamás mientras los dientes se terminaban de caer y unos extraños pelos hacían aparición en nuestro rostro. Con un balón como aliado fiel descubrimos palabras mayúsculas: compañerismo, sacrificio, superación, compromiso, solidaridad y, como no, gol. Alguno que otro cantamos aquella tarde, la primera de muchas en las pistas del Colegio Público Reyes Católicos, en que Luis Reinoso nos empezó aleccionando de fútbol y terminó enseñándonos de la vida.

Foto Luis OK

A mediados de los noventa las facilidades eran ya otras. Lejos quedaban las dificultades propias de los primeros años de aquel Villuercas 120, cuando la pasión se alternaba con el deber del trabajo, cuando los entrenamientos se hacían a las seis de la mañana, cuando no existían instalaciones y había que inventarlas o lo que es lo mismo, prepararlas por su riesgo y cuenta. Pero nada es en balde y así se forjó el carácter combativo y luchador de un equipo comprometido, cuya entrega no solo unió a los jugadores, sino que alimentó a un pueblo que miraba con admiración a aquel grupo de jóvenes que corrían desaforados detrás de una pelota.

Los éxitos no tardaron en llegar y una cuota importante de esos triunfos se debe también a una familia comprensiva y paciente que arropó a Luis en su sueño, para que fuera el de todos. Eran su padre o su mujer los que se quedaban en el bar durante los entrenamientos o durante los partidos. Entonces Luis arrancaba su coche y se ponía en marcha para llegar al destino a la vez que su pupilos, quienes habían zarpado en autobús. Y entre partido y partido un sin fin de camisetas embarradas, descosidas o rotas que pasaban por las manos de Doña Carmen para seguir vistiendo un sueño. Fue entonces cuando el ingenio suplió las escaseces económicas e instauró una política que se repetiría con el paso de los años: las rifas, los bares en las romerías, las porras de resultados y la colaboración de hasta 200 socios avivaron durante más de una década esa llama.

Entre varias idas y venidas, en los ochenta creo (junto a antiguos compañeros) la Asociación Deportiva Extremadura (Adex). El fútbol pasó a ser fútbol-sala inmortalizado en esas camisetas de rayas rojas y amarillas o azules y blancas con las que surgen para muchos los primeros recuerdos con balón. Poco después llegaría un lema que se clavaría en las sienes de varias generaciones de guadalupenses: ¡No a la droga! El deporte como alternativa y terapia de choque, el deporte como ventana de oportunidades, como entretenimiento y como escuela de vida. El deporte, en definitiva, como caladero de valores y alimento de pasiones para los jóvenes. Luis redobló la apuesta y al fútbol se sumó el atletismo o el tenis, incluso hubo espacio para un equipo femenino.

Eran aquellas las tardes de entrenamiento en el polideportivo municipal donde el musgo que crecía al abrigo de la humedad nos jugaba alguna que otra mala pasada. Eran también las tardes de carreras por el Dehesón o esos descensos por la carretera bacheada de la Sierra que nos ayudaban a perfeccionar el físico y ganar resistencia en altura. Eran los viernes por la tarde de soñar goles y preparar posibles celebraciones. Eran los madrugones del fin de semana y los nervios compartidos en el microbus de Salva. Eran la vuelta a casa rumiando la derrota o montados en la montaña rusa de la victoria. Era todo eso y más. Y era maravilloso.

Así nos fue haciendo personas, casi sin querer, convirtiéndose en un segundo padre para algunos, en un confidente para otros y en un negociador para todos ante esos tiras y aflojas entre padres e hijos, ya fuera a causa de las notas, de los deberes sin hacer o de los madrugones del fin de semana. Durante todo ese tiempo su lucha fue la pervivencia del deporte en Guadalupe. Desinteresada, centrada en la ilusión que irradiaban los ojos de aquellos niños que corrían hacia la adolescencia con un balón en los pies. El final fue una vuelta a los orígenes. Un epílogo emotivo y sacrificado, como siempre, para sacar adelante la pasión que le corría por las venas. En 2003 volvió a haber fútbol en Guadalupe y en la Vía el balón echó a rodar con el sacrificio de muchos, pero por encima de todo por su tesón y cabezonería. Cualidades que ya había demostrado en una de sus reclamaciones históricas, la de un pabellón cubierto para su pueblo que nunca le vio sentarse en ese banquillo. Hoy, su nombre luce en la entrada y pocos actos de mayor justicia se han visto en Guadalupe que ese. Gracias por tanto. Gracias por todo, Luis.

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Arquitectura del horror

27 01 2015

No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará? Primo Levi

Dicen que lo peor es el silencio. Un grito ahogado que traspasa muros y se filtra bajo el suelo. Un eco mudo al acecho en cada esquina. Un miedo sordo conectado por los alambres de púas que marcan la frontera del infierno. Dicen que la calidez del ambiente no mejora ni en las mañanas soleadas de mayo. Dicen que la frialdad lo domina todo como un manto de niebla, que exista o no, cubre cicatrices inhumanas. Por decir, dicen que el horror anida allí donde la historia y el recuerdo señala el kilómetro cero de la barbarie.

Raíles de tren que desembocan en Auschwitz

Para redondear la mueca macabra los huéspedes son recibidos bajo un eslogan tan sugerente como cínico: “El trabajo os hará libres”. Porque ese recibimiento es ya un pasaporte hacia la desesperanza, el abatimiento y la desconfianza en el ser humano. Algo se rompe por dentro al cruzar esas rejas corroídas por el odio. La punzada, aseguran, se aloja en un rincón del alma para siempre, justo al lado de las pesadillas infantiles, esas que resultan del todo inexplicables. Y a pesar de todo nos sentimos afortunados, porque nosotros viajamos con salvoconducto, un billete de vuelta sobre los raíles que un día solo fueron unidireccionales.

Son los nudos de (in)comunicación que sirven para explicar la historia. Trenes y raíles que vertebraban un espacio dominado por la mayor enajenación pertrechada por el hombre. Una red de redes cuya última parada era el exterminio industrial. Destino final para un millón trescientos mil deportados que en algún momento se alojaron en esa ciudad de la muerte donde la dignidad se perdía bajo un pijama de rayas, estrellas (¡qué ironía!) marcadas y números impersonales. Preludio humillante teñido de trabajos forzosos que debilitaban cuerpo y mente, que arañaban la esperanza.

Todo eso ocurrió hace más de 70 años en Auschwitz. El campo de concentración y trabajo más grande de los construidos por los nazis. Epicentro de la Solución final, supuso un salto en la escala del horror, tras la exterminación de gran parte de los judíos de Europa. Para llevarlo a cabo el Estado Hitleriano instauró dos tipos de campos, los de concentración, destinados a matar con trabajo esclavo todo tipo de enemigos políticos o elementos impuros (judíos, homosexuales, comunistas, republicanos españoles), y los del exterminio, destinados a la aniquilación directa de seres humanos en cámaras de gas. Auschwitz estaba preparado para matar de ambas formas.

Afortunadamente, en 1945 cuando las tropas soviéticas cruzaron las puertas del infierno todavía quedaban supervivientes. Algunos de ellos de pluma tan exquisita como Primo Levi. El escritor italiano desgrana en Si esto es un hombre con descarnada frialdad y una distancia impropia de quien ha sufrido tanto los recuerdos de aquellos días de oscuridad y furia silenciada. Entre las situaciones más destacadas resalta los escasos encuentros entre los guardias de las SS y los prisioneros, porque estos últimos habían creado todo un sistema para mantenerse lo más lejos posible del horror directo. En Levi se repetía una tendencia común en muchos de los supervivientes. Por sorprendente que parezca no guardan rencor u odio a sus verdugos. Eso supondría equipararse a ellos.

Una nueva lección en tiempos de valores extraviados e intereses difusos. Las víctimas prefieren avivar la memoria con sus recuerdos, en una lucha contra el olvido, en una viaje al pasado cuyo único destino es no repetir errores en el futuro. Ahora que se acaban de cumplir 70 años de la liberación de Auschwitz no está de más recordar que hubo un día en el que la realidad superó a nuestras pesadillas. Para no olvidar aquel mal sueño es necesario seguir recorriendo los raíles de la historia.





El griego de Toledo

7 04 2014

 

Hoy sería un director de cine. No quiere copiar la realidad… ¡Lo que quiere es que parezca que están vivos!” Fernando Marías 

El olvido es la peor respuesta para un artista. El rechazo y la marginalidad son las aves carroñeras que sobrevuelan alrededor de ese fracaso. Una losa que para algunos, como Doménikos Theotokópoulos, significó más de dos siglos de ostracismo y muerte. Ahora 400 años después de hacer ese viaje celestial que tanto espacio ocupó en sus cuadros resucita ante nuestros ojos. Vuelve lleno de vida y obra, de arte y propaganda oportunista. Sus brochazos son hoy su mejor defensa para conocer quién fue y cómo vivió un griego en Toledo, El Greco.Imagen

A pesar de lo próximo de su reconocimiento como gran artista contemporáneo, apenas un siglo, son muchos los mitos y leyendas que se han edificado alrededor del pintor cretense. En realidad estamos ante un artista poco estudiado y mal definido que nunca fue un visionario, porque como dice Fernando Marías, historiador del arte español y especialista en El Greco: “Los visionarios no tienen contacto con la realidad y El Greco se alimenta de la percepción. Disfruta con lo que ve y produce a partir de lo que mira”. Quizá por ello el retrato, ese primer plano sin engaños, es otra de las reivindicaciones de la exposición que estos días puede admirarse en Toledo, la ciudad que le acogió en España. El Greco es un gran retratista parece gritarnos la exposición al enfrentarnos nada más llegar con El caballero de la mano en el pecho en el Museo de Santa Cruz.

Hasta allí han llegado todas las grandes obras de este artista, 76 en total, nacido en Creta, quien vivió en la isla hasta los 26 años, donde su pintura mamó de las fuentes posbizantinas, para adquirir posteriormente una pátina de renacimiento, oleo y color con su estancia en Venecia. En Roma se empapó de manierismo y del huracán miguelangelesco. Ahí están las bases de su estilo, de su concepción de arte, de su interpretación única y veraz. Con esa paleta de influencias llegó a España. A Madrid primero, atraído por la decoración del Monasterio del Escorial, y a Toledo después, ya en 1577, donde le llegarían sus primeros encargos de importancia en nuestro país.

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Ahí surge El Greco como artista total. Con los retablos como festín escénico, todo queda al servicio de la emoción y ningún retazo se idea para la contemplación en museos. No lo hizo con La Trinidad, El Expolio o Alegoría de la Liga Santa. Este último fue junto a El Martirio de San Mauricio, las dos obras encargadas por Felipe II. La idea del pintor cretense era hacer carrera en la corte, pero ambas pinturas no fueron del agrado del monarca. Y el griego decide establecerse en Toledo. Su mirada y su pincel socializa entonces lo divino, acercando al pueblo una religión más humanizada con cristos veinteañeros, atléticos, vírgenes hermosas para contentar así nuestra imaginación de lo religioso. “Era un provocador; busca clavar un puñal en el ojo de aquellos fieles que se acercaban a rezar”, resume Marías.

En su madurez se aprecia mejor la personalidad del artista. Un ser extravagante que no pretendía doblegar su impulso estético a las ordenanzas de nadie. Orgulloso y testarudo, con un ego enorme no terminó de sentirse nunca un toledano más, según los historiadores más destacados. Sus cuadros firmados siempre en griego nos dan otra pista al respecto. Esa rúbrica aparece en El entierro del Conde Orgaz o La adoración de los pastores dos de esos cuadros rotundos que cerraron su prolífica obra. En aquel tiempo no existía afán alguno por nacionalizarle, por hacer desaparecer al Greco que existía antes de llegar a España. Doménikos fue siempre cretense y veneciano y nunca quiso dejar de serlo. Lo fue cuando su trazo no era tan sinuoso, cuando sus posturas no eran tan retorcidas, cuando sus figuras, incluso la suya propia, no eran tan alargadas.