Una carta de despedida

27 06 2015

Para alguien que ha recorrido la Biblioteca del Real Monasterio de su mano la pérdida resulta irreparable. Entre esos vetustos muros donde mi padre tiene la suerte de trabajar cada día, rodeado de historia, incunables y legajos he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida. Allí sentí en repetidas ocasiones que tenía mi segunda casa. Allí me recibía siempre él, Fray Sebastián García, con su verbo fácil y su cariño sincero.

Era en la torre del reloj, como se conoce popularmente a la torre de Santa Ana, donde Sebastián encontró su refugio y su lugar de inspiración durante casi tres décadas. Un torrente creativo que alumbró algunas de las mejores obras que sobre Guadalupe se han escrito. En ese archivo y esa biblioteca donde pasó tantas y tantas horas gritó con su calma habitual el amor, la pasión y la fe que tenía por esta villa y puebla.

Pero no era esa la cualidad que más me fascinaba. De él admiraba, sobre todo, su memoria, su capacidad para recordar anécdotas de su etapa en Roma o la Rábida o para almacenar conocimiento y sabiduría en una cabeza que regía igual en prosa o en verso. También era todo un maestro para calmar a las masas cada 6 de septiembre, cuando la morenita bajaba del camarín para acercarse a sus fieles. Sebastián alimentaba la espera y convertía esos minutos previos en uno de los más emocionantes del año.

 

Lo recuerdo también como un defensor empedernido de la formación y el aprendizaje continuo. El saber no ocupa lugar como máxima. Y así, rodeado de libros, el veneno del periodismo se inoculó en mi epidermis como una lluvia fina que calaba hasta el alma, mientras él se afanaba en convencerme para que fuera médico. Ahí no tuvo mucho tino, uno se desmaya cada vez que pisa un hospital. El léxico, ese que él tanto cultivaba, me llevó por otros derroteros. Y aquí seguimos, Sebastián, abonando ese terreno para que el futuro florezca. Un futuro mejor en este valle de lágrimas que tu verás desde un lugar privilegiado del viaje eterno que ahora emprendes.

Eterno es también mi agradecimiento, Sebastián. DEP.

 

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