El amor huele

26 03 2014

 

Todos llegan como un huracán de viento fresco, da igual que el aroma nos remonte a la calima veraniega o al frío otoño en Nueva York. Cuando llega, el amor siempre huele a primavera, todo brota a una velocidad de vértigo, como esos documentales en los que vemos florecer orquídeas, rosas o narcisos a cámara rápida. Entre besos que huelen a carmín rojo y deseo púrpura, la ilusión viaja instalada en los ojos de los protagonistas, con ese brillo tan característico del metal recién pulido. El primer amor lo llaman, olor a fruta fresca y vistas a un domingo soleado con todo el día por delante.

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Para entonces nadie frena la intensidad de un olor que como el del café bien cargado se convierte en esa droga que todo el mundo necesita para echar a andar. Humeante y amargo. Adictivo. Como dos piedras que chocan hasta que las chispas, jadeantes, comienzan a destilar ese olor del papel mojado que empieza a arder. Los fósforos iluminan, esas noches, las sombras del pudor mientras prende la pasión irracional e ingenua del carpe diem. Ese olor lo descubres al día siguiente cuando abres las ventanas y aireas la habitación. Son días en que todo huele al centro de tu andar.

Ese amor huele a campos de trigo donde la tormenta estival te sorprende y el olor de la tierra húmeda se confunde con el de los cuerpos sudorosos. Gotas de agua cómplices que van calando hasta los huesos. Ese amor huele a excusa para volver a verse, a cañonazos disparados al alma, a cohetes surcando tu falda. En esos momentos captas tantos aromas que crees flotar, te sientes más alto, notas que no apoyas los pies en el suelo. Ahí, por encima de la contaminación reinante el olfato se da un festín. Como si todo oliera ya diferente, como si lo ácido del limón se hubiera quedado en el frescor de esa fragancia que te eriza la piel, como si el calor pegajoso del metro oliera igual que las caricias sobre tu espalda.

Ese chaparrón de éxtasis consiguen extenderlo algunos varias semanas, un par de meses los más afortunados, unos cuantos años si lo que hacen es ver una telenovela. Pero ese primer amor no solo desprende aroma a látex y calzoncillo de domingo. La brisa fresca de esa primavera atemporal viene acompañada del olor a castaños, almendros u hojas caídas que decoran los paseos eternos de los enamorados. Siempre hay hueco para la vainilla en forma de helado y el chocolate se convierte en el entremés ideal antes de llegar al postre. Que como no podía ser de otra manera huele a fruta de la pasión con un toque de canela.

También el amor se actualiza y por eso ahora huele al plástico impersonal de los ordenadores, al anonimato de las redes sociales y a las carantoñas teñidas de emoticonos amarillos. Hace tiempo que se esfumó el perfume de la carta escrita, de la postal cargada de añoranza, ni siquiera el amor resiste ya la atracción de la foto revelada. Y por contradictorio que parezca, ese mundo veloz e instantáneo encaja a la perfección con el primer amor. Ahí donde el tiempo huele a arena que se escapa entre las manos, a mecha corta de petardo, a novela con las páginas en blanco, ahí, descubres de repente, la primera bofetada del amor. Nunca más volverás a oler algo igual.

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26 03 2014
Srta. Malo

¡Qué crack! Soy muy fan de tus relatos…

Srta. Malo.

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