Besos al alba

15 12 2013

Una misma situación vista por distintos ojos:

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1. – ¡Qué vergüenza, hija! ¡Vaya una juventud que tenemos! Dijo Dionisia

– ¡Uy, calla, calla! No me lo recuerdes, que todavía se me revuelve el estómago, replicó Críspula.

– Ya no se respeta nada. Ni las formas, ni, ni, ni, nada. Hombre vaya espectáculo, allí en mitad de la calle, seguro que llevaban toda la noche sin dormir…

– Bueno, eso seguro, si ahora los mozos salen a la hora de acostarse… le cortó Críspula.

– Vaya apaños…ahí sobándose de todo. Luego ya sabes a los dos días se cansan y si te he visto no me acuerdo, continuó Dionisia.

– ¡Virgen del amor hermoso! A ver si tú con su edad hacías eso con Bonifacio, soltó Críspula.

– Pero qué dices, si nosotros en cuanto salía el sereno nos íbamos a escape a casa, le contestó Dionisia.

– Y teníamos un respeto, mujer. Ahora parece menester hacerlo todo cuánto antes, sin casarse, ni nada, respondió Críspula

– Uy, es que eso de besar al novio… eso no era como ahora.

– Y eran besos bonitos, castos, de los de toda la vida, la cortó Críspula

– Sí, no como los de ahora que se enganchan como garrapatas y no se sueltan. Vaya una guarrería, dijo Dionisia.

– Eso es vicio. Yo hasta he rezado unos cuantos rosarios en misa, para que Dios les perdone. Culminó Críspula mientras salían de la Basílica.

2. ¡Fuah tíos! No os he contado la de anoche, cuando salí de la disco. La rubia esa, la que vimos cuando nos fuimos a pedir la primera copa. Os acordáis ¿no? Sí, hombre, que Miguel empezó a tirarla fichas. Sí, sí, la que iba con el vestidito blanco, súper corto, con unas perolas muy bien colocadas. Pues eso, que hizo diana el cabrón, que tanto picar piedra acabó encontrando petróleo. La estaba comiendo toa la boca cuando me iba para casa. Y yo que pensé que se había ido ya, y sin despedir como siempre. No te creas que se había escondido mucho ¡eh!, me los encontré en los portales de al lado, la tenía ahí aprisionada contra la pared y más enganchado que el Truli a los porros. Joder, y a ella se la veía valiente ¡eh! Menudo calentón tenía que llevar, le apretaba el culo con ganas y de vez en cuando le cogía con la otra mano por la nuca. No se le escapaba, no. Miguel no se ha visto en otra así en su vida. Yo, al principio me acerqué, porque no me lo podía creer y cuando le reconocí no quise decirle nada. Le iba a cortar to’ el rollo tío.

– Pero ¿se la zumbó o no? Preguntó uno de los amigos.

– Eso espero, dijo entre risas, aunque conociendo a este se habrá ido con dolor de huevos.

3. Me hubiera gustado preguntarla si ya le había prometido la luna. Me hubiera gustado saber qué la mantenía atrapada a esos labios. Me hubiera gustado decirla, en fin, que huyera que todavía estaba a tiempo. Pero creo que el daño ya estaba hecho. Las promesas vanas, los besos asfixiantes, los cuerpos tersos de la juventud y las manos estranguladoras habían calado hasta el tuétano, sin que ella apenas se diese cuenta. Allí a plena luz del día él exhibía a su presa, el trofeo de la noche de caza, la rutina hecha efectividad. En su particular festín al alba ella fantaseaba con planes conjuntos y largas tardes en compañía. Mientras que el único plan de él se resumía en la nueva compañía de la próxima tarde o noche o madrugada. Había visto esa escena mil veces, las mismas que tardé en comprender que ellos buscan la falda más corta, no el corazón más grande. Sin dudar a la hora de disfrazar sus deseos más bajos con Te Quiero en varios idiomas. Será por lenguas.Todo eso me hubiera gustado decirle a riesgo de que no me creyera, a riesgo de que el tiempo terminara dándome la razón.

4. El frío de la mañana se espantó ante la calidez de aquellos besos. El otoño les sorprendió bajo unos portales, abrigo cómplice de la discreción, que las primeras luces del alba dejaron al desnudo. A la intemperie, sus cuerpos luchaban como escudos en una batalla perdida de antemano. Armoniosos, acompasados, con las marchas militares escuchadas durante toda la noche todavía metidas en la cabeza, intentaban avanzar sin que el otro retrocediera ni siquiera un palmo. No era aquello, acaso, el arte de la guerra. El fuego cruzado iba de boca a boca y los impactos producían en el alma la pulsión de la pasión. No se contaban rehenes y los daños colaterales ascendían a un par de mordiscos en el cuello y caricias bajo la espalda, simples advertencias para batallas venideras. La artillería ligera agotaba sus municiones mientras el deseo aspiraba a calmar su sed en fuentes mayores. A ambos aquella guerra les sabía ya a poco. Habían venido a incendiar la noche y el enemigo les había sorprendido, cara a cara, con los primeros rayos de sol. A plena luz del día descubrieron las consecuencias del bombardeo. Se habían enamorado y el tiempo se les escapaba de las manos, no hay acaso, lucha más hermosa.

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