Música entre manos

1 11 2013

Carlos siempre quiso tocar la batería. Creció rodeado de platillos, bombos y tambores de diferentes tamaños. Al son de las canciones de Oasis, Queen o Rolling Stones. Eran los grupos favoritos de su hermano mayor. Ese que en el garaje repetía machaconamente las melodías de sus ídolos para enfado de sus vecinos y también de sus padres. A Carlos ese ruido del que siempre se quejaban los de la casa de al lado le sonaba a gloria bendita. Alucinaba con la habilidad de su hermano, al que una y otra vez le pedía que hiciera malabarismos con las baquetas. Aquello siempre era el preámbulo de algo grande. El 1, 2, 3 y … las manos se ponían a tocar.

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Aquellos movimientos le hipnotizaban, por momentos lo de menos era la melodía, el ritmo o la violencia de los golpes. Le fascinaba la sincronización de las extremidades, los golpes secos del pie contra el pedal del bombo, repetitivos, cansinos, imprescindibles para mantener el tempo. Algo completamente distinto a la anarquía de las manos que se movían libres de la caja a los platillos, de los toms a los cencerros. Eran ellos los que aceleraban su pulso, los que le hacían sentir la libertad a flor de piel. Allí con sus ojos clavados sobre metales, madera y parches la lágrima furtiva acaba apareciendo tarde o temprano. “Me emociona lo bien que lo haces” se justificaba Carlos, mientras su hermano en plena edad del pavo, metido en su mundo, sonreía sin más.

A medida que ampliaba sus conocimientos musicales, Carlos se convertía en el mayor crítico de su hermano. No dudaba en recomendarle mayor tensión en las manos a la hora de ejecutar un redoble o de agilizar los movimientos para no perder el ritmo en una base de rock. Había leído mucho sobre el papel capital de los grandes baterías de la historia de la música y una frase le retumbaba en su cabeza: “El batería tiene una brújula en sus manos que marca el camino al resto. Un grupo será lo que él quiera que sea”. Fueron innumerables las veces que se lo repitió a su hermano, aunque éste, agobiado por su comienzo en la universidad cada vez tenía menos tiempo para su brújula.

Quizá por ello, y por la llegada de un nuevo instrumento a casa, Carlos se acercó a su hermana pequeña. Los celos iniciales tras su nacimiento habían configurado una relación difícil entre ellos. Carlos nunca encontraba temas en común para hablar o compartir con ella, hasta que el violín se cruzó en sus vidas. Aquella posición tan característica pronto le llamó la atención. Ese brazo arqueado y sobre todo, la destreza de los dedos para deslizarse y presionar las cuerdas en un espacio tan pequeño le fascinaron. La versatilidad del violín hizo el resto. De las manos de su hermana salían la ternura, la tensión, la sonrisa o el llanto, la elegancia y la robustez sonora que cabe en ese pedazo de madera. También las notas desafinadas o las cuerdas rotas, tenían cabida en sus manos.

Aquel arco convertido en la extensión de su hermana le ayudó a descubrir las sensaciones propias de la pubertad. Los pizzicatos que las manos de ella urgían sobre las cuerdas le recordaba a los primeros pellizcos de amor juvenil. Los dedos vibrando sobre las cuerdas eran reflejo de esos gallos en la voz que tanta vergüenza le daban. La rebeldía propia de esa edad se escenificaban en los trémolos, esos movimientos rápidos de arriba a abajo que su hermana hacía con la mano izquierda para encontrar nuevos efectos sonoros. El violín le reafirmó en sus ideas. Llegada la universidad, él quería estudiar música.

Fue en las aulas vetustas y desfasadas de Ciudad Universitaria donde conoció a una chica diferente. No le atrajeron ni sus ojos verdes, ni su trasero. Ni siquiera le echó para atrás su altura. Aquellas manos esbeltas, blancas, muy blancas, coronadas por unas discretas uñas pintadas de color carne fijaron su atención. Casi tanto como la cajita de madera que siempre le acompañaba. Nunca se perdonará haber tardado tanto en identificarlo. ¿Tocas la flauta travesera, verdad?, fueron sus primeras palabras. No había tiempo que perder, jamás había conocido a alguien que tocara la flauta travesera y era buen momento para saber un poco más de ese peculiar instrumento. Una excusa más, al fin y al cabo, para descubrir a la chica que se escondía detrás de esas manos.

Plateada y reluciente, la flauta era armonía en sus manos y dulzura en sus labios. Así le pareció a Carlos desde las primeras prácticas juntos en la Universidad. Luego repasaron las raíces medievales del instrumento, sus referencias literarias y hasta la peculiaridad de pertenecer a la familia de viento madera, cuando la flauta está construida de metal. Pero nada era tan asombroso para Carlos como tapar los 16 orificios que componen el cuerpo y el pie de este instrumento: “Me parece dificilísimo que pises tan bien las llaves” le confesó. “Lo complicado reside en la embocadura, en la manera de expulsar el aire, lo otro es destreza de las manos” respondió ella antes de preguntarle ¿Y tú? ¿Tú no tocas ningún instrumento?”

Carlos recuerda hoy aquella pregunta con una sonrisa, cogido de la mano de Daniela, la chica que tocaba la flauta travesera en la Universidad. Ni entonces, ni ahora Carlos tocaba o toca un instrumento. No puede hacerlo porque la talidominia que su madre tomó durante el embarazo le provocó malformaciones en su brazo izquierdo, el cual hoy es más corto de lo normal y lo remata un muñón en lugar de dedos. Pero la música no encuentra vallas si la melodía es sincera. La de Carlos además es apasionada y tras su paso por la Universidad se especializó en director de orquestas. Hoy es el director de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Hoy es él quien acuna la brújula en sus manos. Hoy es él quien marca el camino al resto.

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