Instrucciones ante el abismo

9 11 2013

Lo peligroso de estas instrucciones es que uno nunca sabe cuando puede utilizarlas. El abismo puede esconderse a la vuelta de la esquina o en lo alto de una cima. Puede ser ese paso que cambie tu vida o ese asunto de tu pasado al que te niegas a regresar. En cualquier caso, guárdelas en lugar seguro y llévelas siempre consigo. Y si tiene alguna duda no acuda a su farmacéutico, le será mucho más útil acudir al sentido común.

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En primer lugar, no es recomendable enfrentarse al abismo con exceso de equipaje, ya sea físico o emocional. Mejor deshacerse de toda carga innecesaria a la hora de asomarse a ese precipicio, no vaya usted a perder el equilibrio en esas circunstancias.

Si alguien tiene vértigo, la única prescripción es no mirar hacia abajo. No mire hacia abajo, da igual la distancia o la altura, que usted mida 1,60 o cerca de dos metros, no mire hacia abajo. Mire al frente, así tendrá claro su objetivo.

A continuación repare en el calzado. El calzado es importante. Unas botas para caminar o unas zapatillas cómodas son siempre una buena elección. Se desaconsejan las chanclas y los tacones, porque en esas situaciones el terreno nunca es firme.

En cuanto a la ropa, dependerá del momento del año en que uno se enfrente al abismo. En este punto se recomienda el otoño o la primavera, épocas propicias para la catarsis, aunque no siempre se puede elegir.

Si llegados a este punto usted se encuentra algo aturdido no se preocupe. Si nota que su corazón bombea de forma acelerada y el sudor recorre su frente no se apure. Debe respirar profundo y de manera pausada. Inspirar-expirar. Inspirar-expirar. Así 4 o 5 cinco veces. A la sexta o séptima vez ya no necesitará controlar la respiración y lo seguirá haciendo de manera natural. Es el momento de disfrutar del paisaje, de las aves que revolotean a esas alturas, la mayoría rapaces. Tómese su tiempo, no todos los días se tienen estas vistas.

A estas alturas usted debería pensar que todo esto está muy bien, pero que usted no ha llegado hasta aquí única y exclusivamente para admirar lo que tiene delante. En este momento usted debería preguntarse que se hace ante el abismo. Las respuestas se limitan a dos.

  1. Si le pesan las piernas y la fatiga le obliga a sentarse y tomar un respiro. Si la cabeza no deja de dar vueltas a las consecuencias y los peligros de enfrentarse al abismo, es muy posible que usted no esté preparado. No tema a darse la vuelta y desandar el camino andado. Si duda, dé marcha atrás. Hay algo que no le hemos advertido, el abismo seguirá ahí esperándole y tarde o temprano deberá volvérselas a ver con él. Vuelva usted cuando quiera.

  2. Si se siente excitado y estimulado, si la responsabilidad no le asusta, si está decidido a dar un paso adelante en su vida usted está preparado para enfrentarse al abismo, usted está preparado para saltar, para descubrir que hay más allá. En ese momento le importa un bledo si la bruma no le deja ver que hay detrás de ese salto, usted solo quiere saltar. No hay más que hablar. Salte, salte, salte y siéntase libre de una vez.





Suenan Los Beatles

4 11 2013

Antes de Los Beatles, todo era distinto; después, nada fue igual. John Lennon

Hace 50 años el mundo asistió a un cambio de rumbo. De rumbo y de ritmo. Surgido desde las catacumbas de un desconocido pub de Liverpool, una caverna desde la que demostraron que otro camino era posible. Hamburgo terminó de curtirles. La historia de la música estaba a punto de conocer un nuevo escenario, un horizonte en tecnicolor en un ambiente de fans histéricas y enloquecidas por los ritmos endiablados de cuatro desconocidos. Cuatro escarabajos que fueron tomados a broma, cuatro veinteañeros que reinventaron el pop para dejar un legado que ya dura 5 décadas. Hace medio siglo cambió la banda sonora de nuestras vidas y en el tocador, de una manera u otra, aun hoy siguen sonando The Beatles.

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En una época excelsa en lo revolucionario, John, Paul, George y Ringo convirtieron la brisa fresca en huracán para lanzar al mundo un mensaje cargado de notas alegres, juveniles y comprometidas. Así se plantaron en Londres en la Navidad del 62 tras haber encontrado un nuevo batería para el grupo, con muchas horas de vuelos en los pub de Hamburgo y con un hit que había pegado con fuerza, Love me do. La oportunidad les llegó cuando menos se esperaba, cuando la industria discográfica entendía que los grupos músico-vocales pertenecían al pasado y cuando Liverpool solo producía humoristas. Quizá por ello se sentían solos contra el mundo y decidieron comérselo.

 

Lo empezaron a hacer con su primer álbum: Please Please me. El descaro y la enorme seguridad que desprendían se podía apreciar en sus canciones, Please Please me, From me to you o She loves you que alcanzaron el número uno de las listas de venta en el Reino Unido. Con su primer disco, publicado en marzo de 1963, se desató la Beatlemanía. Please Please me se mantuvo más de medio año (30 semanas) como el disco más vendido. Ese LP fue grabado en un solo día, en una única sesión maratoniana, como si de una actuación en directo se tratara, en los EMI estudios de Londres. El torrente creativo de Lennon y McCartney fluía en todo su esplendor con George Harrison como artista invitado entre esos dos colosos, alumbrando canciones sin detenerse todavía en la profundidad de las letras, buscando más todas las posibilidades del sonido, creando un estilo propio.

 

A partir de entonces les tocó sobrevivir al éxito en una montaña rusa de histeria y euforia. Nadie levantaba tantas pasiones guitarra en mano, la multitud que luego desplazaron Queen, los Rolling o Springsteen la vimos primero con ellos, el uso de la amplificación del sonido lleva también su firma. Y es que su segundo disco, With The Beatles, publicado en noviembre del 63, apenas 8 meses después del primero sucedió a este como número uno en la lista de ventas. Entre uno y otro los cuatro de Liverpool permanecieron un año en lo más alto de la música británica. Luego llegó la conquista de EE.UU. a inicios del 64. 3000 personas les esperaban en el aeropuerto John F. Kennedy. Su primera aparición en la televisión norteamericana congregó a 74 millones de espectadores (la mitad de la población del país). Más tarde llegarían a Hong Kong, Dinamarca, Australia e incluso España. La Beatlemanía no entendía de fronteras.

 

Ese ritmo frenético duró hasta 1966. En tres años habían conquistado el mundo y dejaron de dar vueltas alrededor de él. Se metieron en el estudio y cambiaron otro de los parámetros clásicos: los discos ya no serían un retrato del directo. Cada disco sería una creación autónoma como lo eran A Hard Day’s Night, Rubber Soul o Abbey Road. Entre medias su talento también invadió la gran pantalla al protagonizar varias películas a las que evidentemente pusieron la banda sonora. En ese tiempo ya coqueteaban con todo tipo de drogas y con su habitual superioridad y descaro no tuvieron problemas en reconocerlo. Como si eso les identificara más con toda una generación, con su tiempo.

 

Solo fueron ocho años (1963-1970) en los que abarcaron un extenso territorio musical. El abanico se abre desde el rock & roll y blues, pop, baladas y psicodelia, hasta el folk-rock, country y soul. Aprovecharon los hallazgos de otros coetáneos en sus canciones, subieron el listón ante los nuevos vientos creativos de The Who, Los Stones o el mismísimo Bob Dylan, gran referente de la banda. Todo ello sirvió para crear el sonido Beatles, un sello único, porque alguien puede no haber visto nunca una pintura de El Greco, una escultura de Da Vinci o no conocer una canción de Los Beatles, pero necesita apenas un vistazo, un puñado de segundos para reconocer la mano de estos artistas. Los Beatles lo eran, buena muestra es que ellos ya tocaron todo lo que hoy escuchamos.  





Música entre manos

1 11 2013

Carlos siempre quiso tocar la batería. Creció rodeado de platillos, bombos y tambores de diferentes tamaños. Al son de las canciones de Oasis, Queen o Rolling Stones. Eran los grupos favoritos de su hermano mayor. Ese que en el garaje repetía machaconamente las melodías de sus ídolos para enfado de sus vecinos y también de sus padres. A Carlos ese ruido del que siempre se quejaban los de la casa de al lado le sonaba a gloria bendita. Alucinaba con la habilidad de su hermano, al que una y otra vez le pedía que hiciera malabarismos con las baquetas. Aquello siempre era el preámbulo de algo grande. El 1, 2, 3 y … las manos se ponían a tocar.

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Aquellos movimientos le hipnotizaban, por momentos lo de menos era la melodía, el ritmo o la violencia de los golpes. Le fascinaba la sincronización de las extremidades, los golpes secos del pie contra el pedal del bombo, repetitivos, cansinos, imprescindibles para mantener el tempo. Algo completamente distinto a la anarquía de las manos que se movían libres de la caja a los platillos, de los toms a los cencerros. Eran ellos los que aceleraban su pulso, los que le hacían sentir la libertad a flor de piel. Allí con sus ojos clavados sobre metales, madera y parches la lágrima furtiva acaba apareciendo tarde o temprano. “Me emociona lo bien que lo haces” se justificaba Carlos, mientras su hermano en plena edad del pavo, metido en su mundo, sonreía sin más.

A medida que ampliaba sus conocimientos musicales, Carlos se convertía en el mayor crítico de su hermano. No dudaba en recomendarle mayor tensión en las manos a la hora de ejecutar un redoble o de agilizar los movimientos para no perder el ritmo en una base de rock. Había leído mucho sobre el papel capital de los grandes baterías de la historia de la música y una frase le retumbaba en su cabeza: “El batería tiene una brújula en sus manos que marca el camino al resto. Un grupo será lo que él quiera que sea”. Fueron innumerables las veces que se lo repitió a su hermano, aunque éste, agobiado por su comienzo en la universidad cada vez tenía menos tiempo para su brújula.

Quizá por ello, y por la llegada de un nuevo instrumento a casa, Carlos se acercó a su hermana pequeña. Los celos iniciales tras su nacimiento habían configurado una relación difícil entre ellos. Carlos nunca encontraba temas en común para hablar o compartir con ella, hasta que el violín se cruzó en sus vidas. Aquella posición tan característica pronto le llamó la atención. Ese brazo arqueado y sobre todo, la destreza de los dedos para deslizarse y presionar las cuerdas en un espacio tan pequeño le fascinaron. La versatilidad del violín hizo el resto. De las manos de su hermana salían la ternura, la tensión, la sonrisa o el llanto, la elegancia y la robustez sonora que cabe en ese pedazo de madera. También las notas desafinadas o las cuerdas rotas, tenían cabida en sus manos.

Aquel arco convertido en la extensión de su hermana le ayudó a descubrir las sensaciones propias de la pubertad. Los pizzicatos que las manos de ella urgían sobre las cuerdas le recordaba a los primeros pellizcos de amor juvenil. Los dedos vibrando sobre las cuerdas eran reflejo de esos gallos en la voz que tanta vergüenza le daban. La rebeldía propia de esa edad se escenificaban en los trémolos, esos movimientos rápidos de arriba a abajo que su hermana hacía con la mano izquierda para encontrar nuevos efectos sonoros. El violín le reafirmó en sus ideas. Llegada la universidad, él quería estudiar música.

Fue en las aulas vetustas y desfasadas de Ciudad Universitaria donde conoció a una chica diferente. No le atrajeron ni sus ojos verdes, ni su trasero. Ni siquiera le echó para atrás su altura. Aquellas manos esbeltas, blancas, muy blancas, coronadas por unas discretas uñas pintadas de color carne fijaron su atención. Casi tanto como la cajita de madera que siempre le acompañaba. Nunca se perdonará haber tardado tanto en identificarlo. ¿Tocas la flauta travesera, verdad?, fueron sus primeras palabras. No había tiempo que perder, jamás había conocido a alguien que tocara la flauta travesera y era buen momento para saber un poco más de ese peculiar instrumento. Una excusa más, al fin y al cabo, para descubrir a la chica que se escondía detrás de esas manos.

Plateada y reluciente, la flauta era armonía en sus manos y dulzura en sus labios. Así le pareció a Carlos desde las primeras prácticas juntos en la Universidad. Luego repasaron las raíces medievales del instrumento, sus referencias literarias y hasta la peculiaridad de pertenecer a la familia de viento madera, cuando la flauta está construida de metal. Pero nada era tan asombroso para Carlos como tapar los 16 orificios que componen el cuerpo y el pie de este instrumento: “Me parece dificilísimo que pises tan bien las llaves” le confesó. “Lo complicado reside en la embocadura, en la manera de expulsar el aire, lo otro es destreza de las manos” respondió ella antes de preguntarle ¿Y tú? ¿Tú no tocas ningún instrumento?”

Carlos recuerda hoy aquella pregunta con una sonrisa, cogido de la mano de Daniela, la chica que tocaba la flauta travesera en la Universidad. Ni entonces, ni ahora Carlos tocaba o toca un instrumento. No puede hacerlo porque la talidominia que su madre tomó durante el embarazo le provocó malformaciones en su brazo izquierdo, el cual hoy es más corto de lo normal y lo remata un muñón en lugar de dedos. Pero la música no encuentra vallas si la melodía es sincera. La de Carlos además es apasionada y tras su paso por la Universidad se especializó en director de orquestas. Hoy es el director de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Hoy es él quien acuna la brújula en sus manos. Hoy es él quien marca el camino al resto.