Un rayo de luz

30 11 2011

(Crónica del Barça-Rayo en 10 líneas)

Alexis Sánchez debe haber leído a Aristóteles en algún momento de su vida. Aunque fuera en su época juvenil, seguro que recuerda aquello de “en la adversidad sale a la luz la virtud”. En el momento más adverso de la Era Guardiola, el ‘9’ azulgrana sacó lo mejor de su repertorio para dar luz y crédito a un equipo que ya mira de reojo al Bernabéu.

La amarilla forzada por Piqué fue la jugada polémica del partido

Los dos goles del chileno, abrieron la goleada y apaciguaron los ánimos tras la derrota de Getafe. A la fiesta se sumó Villa, poco antes del descanso para reencontrarse con un gol que se le negaba en los últimos partidos. La puntilla la dio Messi después del descanso con el cuarto gol del partido, decimoquinto del argentino en esta liga que le permite encabezar la tabla de goleadores junto a Cristiano Ronaldo. El resultado no debería empañar el valiente planteamiento del Rayo que puso en bastantes dificultades a los azulgranas en distintas fases del partido. Aunque los culés recordarán más ese récord de treinta y cuatro a cero en el Camp Nou y el rayo de luz que supone llegar al Bernabéu a tiro de victoria.





La Perestroika sobre un tablero de ajedrez

29 11 2011

Fue un zugzwang histórico. Una muerte agónica de un tiempo y un estilo, de una forma de entender el mundo y el ajedrez, que contó incluso con alguna resurrección memorable. Guiños del destino de una época crepuscular que alumbró a dos reyes del tablero unidos por un zugzwang. Un movimiento devastador y silencioso a la vez, una situación en la que cualquier movimiento que realice un jugador significará empeorar su situación. Haga lo que haga dará un paso atrás, que no le supondrá la derrota directa, pero sí le acercará a ella. En ese abismo que marca siempre la derrota se dirimió la historia entre Anatoli Karpov y Gari Kasparov, posiblemente los dos más grandes maestros que jamás se hayan enfrentado sobre un tablero de ajedrez.

Dos estilos de juegos, dos personalidades, dos símbolos frente a frente

Nunca antes ni después, la ajedrez despertó tanto interés en el planeta. Y es que fue ésta una rivalidad que saltó más allá del tablón blanquinegro para convertirse en una de las batallas más hermosas y exigentes de la historia del deporte. La doble K frente a frente transformó el ajedrez mientras dividía a un país que por aquel entonces era un continente. Karpov y Kasparov transformaron sus partidas en una cuestión política, en una reválida continua de dos generaciones enfrentadas. Esas dos miradas huidizas y desafiantes se odiaban tanto como se necesitaban.

Anatoli Yevgénevich Karpov nació en Zlatoust (Rusia), en el corazón de los montes Urales, en 1951 durante los últimos años del régimen de Stalin. Criado en el seno de una familia humilde, aprendió a jugar al ajedrez con cuatro años y pronto ésta se convirtió en la válvula de escape de su físico endeble. Algo que no terminaba de convencer a su madre, preocupada por su gran pasión -cuentan que llegó a arrebatarle las piezas y el tablero-, hasta que consiguió vencer al mejor ajedrecista de su pueblo.

12 años después, en 1963, nacía Garri Kimovich Veinshtéin en Baku (capital de la República Soviética de Azerbaiyán). Hijo de padre judío y madre armenia el primer revés le llegó con apenas siete años. Tras la muerte de su padre, adoptó el apellido armenio de su madre, Kasparián, aunque en una versión rusificada, Kasparov. Desde ese día un nombre y un apellido quedaron ineludiblemente ligados a un tablero de ajedrez por el empeño materno de Clara, la madre de Gari, quien desde entonces se propuso convertir a su hijo en Campeón del Mundo de ajedrez.

Ambos, Karpov y Kasparov, fueron campeones prematuros cuando todavía eran Anatoli y Gari. Ambos ganaron torneos reservados a grandes maestros a muy temprana edad y se encontraron, no por casualidad, un lejano día de 1975 en Leningrado. Karpov (24) doblaba la edad a Kasparov (12) mientras disputaban una partida simultánea de exhibición. Para entonces Karpov ya se había hecho un nombre ganando a varios ex campeones mundiales, mientras que Kasparov era un jovenzuelo que puso en aprietos al futuro Campeón del Mundo. Gari desperdició una ventaja y terminó perdiendo, pero lo que ninguno de los dos sabía entonces es que acaba de nacer una rivalidad con mayúsculas.

Poco después de aquello Anatoli Karpov se convertía en la gran baza soviética para recuperar el cetro mundial del ajedrez. El maestro soviético liga su nombre al Gobierno que ve en él un ejemplo para los jóvenes de su país, el héroe ruso con el que dar un nuevo golpe moral en la interminable guerra fría. En ese planeta bipolar que era también el ajedrez el gran cerebro soviético se va a enfrentar al prodigio americano, a Bobby Fischer, el defensor del título, pero ese combate no se produce. Fischer, atormentado, no se presenta y Karpov se proclama por decreto Campeón del Mundo de ajedrez en 1975.

Karpov se proclamó campeón del mundo en 1975

Su dominio se extendería nueve años más sobre el tablero, hasta que se reencuentra con Gari, convertido ya en el Ogro de Baku. Kasparov aspira con 21 años por primera vez al título mundial y el deporte comienza a delimitar las fronteras mucho antes de que lo hiciera la historia o la política.

A un lado de la mesa se sienta el campeonísimo, Anatoli Karpov, un ruso de raza pura capaz de comprender la esencia de cada posición del ajedrez, capaz de convertir una mínima ventaja con un trabajo artesanal, capaz, en definitiva, de sacar agua de una piedra. En la silla de enfrente se reencuentra con Gari Kasparov, el aspirante, un especialista del ataque en tromba que representa las fuerzas de la naturaleza volcada sobre un tablero de ajedrez. La lucha entre el jugador alineado con el Gobierno soviético contra el símbolo de la nueva era ha comenzado.

Y arranca de manera inmejorable para Karpov. Su primer duelo por el campeonato mundial se disputa el 10 de septiembre de 1984 en Moscú. En un sistema de juego sin precedentes no cuentan las tablas, no existen límites de partidas y ganará el primero que alcance las seis victorias. La Sala de Columnas es el lugar escogido para comenzar una historia del que ya conocemos su preámbulo. Karpov arrasa tras 9 partidas y el marcador no puede ser más contundente, 4-0. En la partida 27 alcanza el 5-0, y en la 31, Kasparov está a punto de ser aniquilado.

Pero el Ogro de Baku se rehace y en la partida 32 sube el 5-1 al marcador. Posteriormente, Kasparov ha reconocido que empezó ese campeonato con escasos conocimientos de los puntos débiles de su rival. No sólo eso, su juego evolucionaba a lo largo de las partidas y Karpov no se percató de ese detalle. El torneo se alarga y se llega hasta abril de 1985 gracias a la resistencia del azerí Kasparov que alcanza las tres victorias. En ese momento Karpov duda, ante un cansancio más psicológico que físico.

Con ambos contendientes enrocados en un callejón sin salida, el establishment ruso decide actuar y presiona a la Federación Internacional de Ajedrez para que tome una decisión. Su presidente, Florencio Campomanes decide cancelar el torneo un día antes de que se cumplan seis meses desde su inicio y 48 partidas después. Afirma que no desean convertir el torneo en una prueba de resistencia, a cambio estalla el escándalo y las acusaciones transitan de uno al otro lado del tablero.

Nunca firmaron tablas con un tablero de ajedrez de por medio

El coitus interruptus se reanudó más de seis meses después, de nuevo en Moscú, pero esta vez en el Teatro Tchaikovsky. En esta segunda ocasión se opta por un sistema de juego clásico en el que ganará el mejor a 24 partidas. El teatro está tan lleno como dividido, en una mezcolanza de rusos, armenios y azeríes donde la emoción y la tensión recorre desde la primera hasta la última fila del patio de butacas. Karpov que juega con blancas está más cerca de la victoria pero su perfil conservador y el tiempo le juegan una mala pasada. Cuando descubra su error será demasiado tarde.

Estamos en la partida número 16, después de 25 movimientos beligerantes y con muchas piezas sobre el tablero. Kasparov está a punto de acorralar a su contrincante y tal vez, ni siquiera él lo sabe. El zugzwang, ese movimiento paralizante y angustioso para el rival está a punto de producirse, un desplazamiento sencillo, un alfil que se mueve a D3 y la agonía lenta se inyecta vía intravenosa hasta condenar a Karpov a moverse en espacios cada vez más reducidos, ahogándose en sus propias jugadas. El maestro soviético terminó claudicando en el movimiento 40, tras uno de los momentos más apasionantes de la historia del ajedrez. Kasparov de 22 años de edad se convertía en el campeón del mundo más joven de la historia. Fue la alegría más grande de su vida, pero también fue algo más.

Ya tenían un símbolo, porque ese gesto espontáneo y directo, esos brazos levantados al aire no solo destilaron alegría y júbilo. Kasparov se convertía en la imagen del cambio, en el mejor embajador de la nueva URSS que entre bambalinas ya diseñaba Mijail Gorbachov. El nuevo Secretario General del Partido Comunista había empezado a hablar de una reconstrucción o Perestroika y el recién proclamado Campeón del Mundo de ajedrez era asociado por muchos como la cara de ese tiempo nuevo.

Alguien definió una vez el ajedrez como un teatro, porque cabe la tragedia, el drama y la comedia. Bien lo sabía Campomanes, que se sacó de la manga una nueva norma por la que el antiguo campeón tenía derecho de revancha al año siguiente. No hubo tiempo de servir fría esa revancha y a pesar del espionaje que se desató entre la corte de expertos que acompañaban a ambos, Kasparov retuvo el título por tan solo una victoria de diferencia.

La doble K volvió a verse las caras en la tierra de Unamuno, quien un día calificó al ajedrez como demasiado para ser arte y poco para ser ciencia. En Sevilla en el otoño de 1987, el Teatro Lope de Vega vibraba con un deporte que jamás había despertado el más mínimo interés en España. Pero la doble K podía con todo, hasta conseguir que más de 13 millones de espectadores se sentaran delante del televisor en nuestro país para ver ese deporte indescifrable. Aquel campeonato mundial quedaría marcado por una nueva gesta de Kasparov, quien llegó a la última partida a merced de Karpov. Pero al metódico jugador ruso se le volvió a escapar el triunfo entre los dedos. Gari lo había vuelto a hacer y la Perestroika avanzaba.

Ellos elevaron el ajedrez a la categoría de arte

Hubo que esperar tres años para ver el siguiente careo entre los dos ases del este, que no soviéticos, ya que Kasparov se negó a jugar ese torneo bajo la bandera de la URSS. Era una demostración de los nuevos tiempos, un escenario en el que se contraponían la nueva Rusia emergente frente a la vieja escuela soviética. Y la reconstrucción seguía adelante porque Kasparov se alzaba con el triunfo en la última pelea de ambos por el cetro mundial. En un deporte que los ordenadores no eran capaces de desentrañar como lo hacía el intelecto humano, aquello fueron peleas tan duras como las de Frazier o Alí con los puños o las de Mozart y Salieri con las notas.

Una vez más, Karpov dio la cara hasta el final para perder por un solo punto de diferencia. Fue ésta una constante en sus batallas, a pesar de que salvo en el torneo aplazado, Karpov nunca terminó por delante de Kasparov. Lo curioso, por tanto, sucede al comprobar el global. En las 144 partidas de los Campeonatos mundiales solo hay dos puntos de ventaja de Kasparov sobre Karpov.

Una renta exigua, un movimiento que cambia un torneo, una revancha que vale una vida. Karpov la tuvo a los 43 años en el Torneo Internacional de Linares en 1994. Allí firmó una de las mejores actuaciones de la historia, en la edición con mejor participación, en el llamado Wimbledon del ajedrez. Superó a Kasparov por dos puntos y medio, restañó su orgullo de campeón y con esa hazaña demostró también su etiqueta de genio.

 

Sus partidas continuaron en el tablero de la vida donde Karpov ocupa su tiempo como catedrático de economía de la Universidad de Moscú y tiene una actividad política más relajada que Kasparov. Éste, desencantado con el rumbo que tomó el Gobierno de Putin se convirtió en un feroz opositor. El jaque mate lo evitó por poco en 2007 tras ser encarcelado 5 días. Fue entonces cuando Gari descubrió que el odio se quedó sobre el tablero. Anatoli Karpov fue uno de los que acudió a visitarlo en la cárcel para mostrarle su apoyo humano y quien sabe si para recordar aquellos días en que dibujaban obras de arte, a lomos de sus caballos, blanco y negro desde un tablero de ajedrez.





Revés de vuelta

23 11 2011

A él la vida no le trató mal. Tenía talento y parecía que no le hacía falta nada más. Mentira. Necesitaba su némesis, su archienemigo, el villano que le hiciera más grande. Lo que ocurre es que ese rival le ganó la partida psicológica en un deporte tan de ‘coco’ como el tenis. Y toda su reputación ganada a base de trofeos, de ese revés insuperable y de su magnífica muñeca de oro se tambaleó por momentos.

A Roger, que lo había ganado todo una y otra vez, no le parecía suficiente. Sabía que en la batalla de la mente partía con punto de break y ahí encontró su muralla, y también su motivación. Llegada a la treintena, con las obligaciones propias de un padre y con la angustiosa realidad de ver cómo los rivales encontraban las rendijas de su juego, se propuso volver. Como si aquello fuera tan fácil.

Es posible que solo los elegidos puedan hacer eso, ser capaz de cruzar la frontera de los 30 con la ilusión de un veinteañero. Él lo ha hecho, lo ha vuelto a hacer. Y parece que ha superado sus miedos. Esos que el coco le negaba, esos que hacían encoger su muñeca, esos hasta donde no llegaba su físico. La derrota infringida ayer a Nadal, su némesis, confirma todo lo apuntado en París-Bercy, su primer Master 1000 conquistado por encima de la treintena. Otra cima superada.

Ahora con una Copa Masters por delante Roger vuelve a impartir clase para sacar su doctorado de la juventud eterna. Allí donde no llegan las piernas le alcanza ahora la cabeza, amueblada por la experiencia y la virtud de disfrutar de cada peloteo. Ahí reside ahora su fuerza y su reto, para lástima de forofos patrioteros y críticos que recurren a la amnesia con tal de olvidar el nuevo revés de Federer, un nuevo match point del suizo.





El mercader de la pelota

22 11 2011

Lo suyo daría para un guión de cine de esos que devora con asiduidad. Incluso para una trilogía, tan de moda últimamente. La historia es archiconocida, la rana que se convierte en príncipe, pero en esta historia no hay princesa de por medio, hay una pelota. Aunque ésta no sea el camino más recto para el estrellato. Al menos en el caso de Jorge Mendes, futbolista frustrado, rey midas del mercadeo que gira alrededor del fútbol. Multimillonario, en definitiva, sin tocar un balón.

Jorge Mendes, multimillonario sin tocar una pelota, o casi

Poco o nada podría imaginar Jorge la película de su vida cuando cambió su Lisboa natal por Viana do Castelo, una villa de 30.000 habitantes a 50 kilómetros de Galicia. Hijo de Manuel, funcionario de la Administración Pública, y María, ama de casa, contaba con 21 años y buscaba fortuna en el Viannense. Interior izquierdo, pronto demostró que su talento no residía en las piernas, sino en su cabeza. Recién aterrizado en el club de Segunda B solicitó la gestión de las vallas publicitarias del estadio. Seis meses después abrió su propio videoclub, Samui Video. Rodeado de cintas BETA y VHS todavía era rana.

El punto de inflexión se aproximaba. Los negocios crecían y el fútbol cada vez ocupaba un lugar más residual en su vida. Jugó en el Caminha y en el Lanheses de Tercera, mientras gestionaba un complejo turístico y de ocio llamado Luziamar. Con 30 años dejó el fútbol. En ese momento realizó su primera operación, facilitar el fichaje de su amigo y socio de Samui, Antonio Alberto por el Lourosa. La rana se había lanzado al agua.

Y a orillas del Atlántico continuaron sus actividades empresariales. Allí, en Caminha donde regentaba la discoteca Alfandega conoció a Nuno Espirito Santo. Su primer representado, al que llevó del Vitoria de Guimaraes hasta el Deportivo en 1997. Ya entonces se averiguaba la ambición y las dotes de persuasión que marcarían su empresa Gestifute, mucho antes de que revolucionaran el mercado con la gestión de la imagen de sus propios jugadores, a través de la filial Polaris Sports.

El siguiente fue Costinha, jugaba en el Nacional en Segunda y pocos conocían su potencial. Primero lo convenció a él para ser su representante, poco después al Monaco para que lo fichara. Esa operación resume lo que es Jorge, es padre, es amigo, es hermano. Sólo así se explica que en tan poco tiempo ganara tanto terreno a gente más asentada como Jose Veiga, con el que cuentan que llegó a las manos, o Paulo Barbosa. Jugadores como Simao o Maniche sucumbieron al encanto de Jorge. Pocos se movían como él en las aguas tibias de una negociación.

Estaba a punto de llegar el Big-Bang de Mendes. Auspiciado por los títulos de los ‘Dragoes’ de Oporto, donde controlaba a media plantilla y, sobre todo, al artífice del éxito, José Mourinho. El megatraspaso de The Special One, Paulo Ferreira, Costinha y Tiago al Chelsea en 2004 le elevó al escalafón más alto del mercado de futbolistas. Ese mismo año traspasó a Deco al Barcelona, tras haberlo rescatado del modesto Alverca. De repente, la rana se había convertido en príncipe.

Y su ambición acercó fronteras. Traspasó la línea de cal y a su nómina de jugadores añadió la de entrenadores de perfil variado: José Mourinho, Scolari, Queiroz, Paulo Bento; puntos intermedios y fundamentales en su negocio para dominar los clubes, más aún, para dominar el mercado. Así trazó alianzas estratégicas con empresas de representación (la brasileña Traffic) o creó su propio fondo de inversión Quality Sports Investment junto a Peter Kenyon, ex director ejecutivo del Chelsea.

Para entonces Mendes ya anidaba en la cúspide de la pirámide. Príncipe ascendido a Rey por las contantes jugadas maestras basadas en el movimiento de jugadores a corto plazo, año a año, siempre buscando la revalorización. Para él, tan cercano a sus futbolistas como alejado del foco mediático, su secreto son ellos y ellos le adoran porque todos son tratados como estrellas de cine, como si fueran Sean Penn o Robert de Niro, los dos actores fetiche de Jorge, esos que algún día interpretarán el papel de Mendes, la mano que mueve el mercado.





El Paleolítico

21 11 2011

Vivimos una época marcada por lo audiovisual, por las facilidades de las nuevas tecnologías y por la tendencia a la polémica exagerada. Son pilares de nuestra sociedad que, sin embargo, no se cumplen en todos los órdenes de nuestra vida. Todavía hay cotos de pureza y simpleza que se niegan a entrar de lleno en el siglo XXI. Uno de ellos es el fútbol, que se mantiene en su burbuja, anclado en la atmósfera de mediados del XIX cuando este deporte fue creado.

Momento en el que balón impacta en el cuerpo de Higuaín, ¿mano o pecho?

Nada de tecnología, nada de recursos audiovisuales, pero mucho de polémica y tradiciones arcaizantes. El fútbol es la última frontera donde se resiste a entrar la tecnología. Y no por falta de necesidad, el último ejemplo es reciente. Ocurrió en el último minuto del Valencia – Real Madrid del pasado sábado. Una jugada muy dudosa que pudo decantar la victoria de unos o el empate de otros. Un ‘pechalty’ que el árbitro, imposibilitado por la maraña de jugadores concentrados en el área no podía ver.

En esos momentos un vídeo, una o varias repeticiones calmarían a los que reclaman por una injusticia o declararía en la más absoluta inocencia al presunto culpable. Y acabaría con la salsa del fútbol refunfuñarán los puristas. No, les contesto yo, acabarán con situaciones impropias de un deporte tan profesionalizado como el fútbol, donde Inglaterra consigue un Mundial con un gol que nunca fue y por el que el Dios del balompié ya le ha castigado en repetidas ocasiones con la ‘Mano de Dios’ o con el reciente gol fantasma de Lampard en el Mundial de Sudáfrica que no subió al marcador.

Con los millones que mueve uno de los principales negocios del planeta, el fútbol se mantiene como un oasis frente al resto de deportes donde la tecnología se aplica con toda naturalidad. El ojo de halcón ha solucionado el principal problema del tenis, el vídeo se aplica desde hace tiempo en deportes tan dispares como el fútbol americano o el baloncesto y la foto finish es una constante del ciclismo y del atletismo, el deporte más antiguo del mundo.

Esa evolución imparable se hace más necesaria en la zona de penumbra del juego, en el área, donde a unos le tiemblan las piernas y a otros el silbato a la hora de pitar. Para evitar juicios precipitados, para no matar la polémica, sino para dar a cada uno lo que es suyo y hacer del fútbol un deporte más limpio es obligatorio ese paso hacia delante. Aunque eso no le importe a casi nadie. No parece importarle a la FIFA y la UEFA, más pendiente de incluir dos árbitros inútiles más por partido que en una huida hacia delante para abandonar el paleolítico.