100 años de Miguel Hernández

2 11 2010

Lástima que la sinrazón nos dejará sin él tan pronto. Apenas vivió 31 años. Suficientes para convertirse en el ‘poeta del pueblo’ por su verbo fácil y su rima directa, sencilla. Hace 100 años, concretamente un 30 de octubre de 1910, el mundo alumbraba en Orihuela (Alicante) un poeta diferente, único, irrepetible. Ese día nacía Miguel Hernández Gilabert, quien tradicionalmente ha sido asociado a la Generación del 36, por edad, más que a la del 27, a la que realmente más se ajusta su estilo y compromiso ético y político.

Miguel Hernández recitando poemas en público

Con cierto retraso, por tanto, llega este recuerdo para una de las figuras más destacadas de la literatura española. Para un poeta que puso voz a la palabra, que tiñó de color el verso (concretamente de tres), que cantó siempre a la libertad, y en esa lucha se le escapó la vida. Antes de todo eso, antes de que la oscuridad de un tiempo oscuro apagara la luz de sus ojos, la llama de su verso, fue capaz de regalarnos un mundo eterno a través de sus textos.

En ellos nos mostró la pasión por Josefina Manresa, el amor de su vida, el compromiso con sus raíces, en esa defensa sin miramientos por la República española, acudiendo al frente como uno más, sin esconderse, sin huir, sin reparar en las consecuencias. En esa vida tan intensa como corta le regaló el poema, Hijo de la luz y de la sombra, a su primer hijo, Manuel Ramón, quien desgraciadamente moriría a los pocos meses de nacer. El nacimiento de su segundo hijo,Manuel Miguel, ya en 1939 le inspiraría las famosas Nanas de la cebolla.

Ese autodidacta irreductible que leía a los clásicos de oro, desde Miguel de Cervantes hasta Calderón de la Barca, pasando por Garcilaso de la Vega o Lope de Vega, mientras pastoreaba como cualquier otro niño de la época, demostró pronto su especial sensibilidad y su innato talento para llegar a las personas a través de sus palabras. Palabras, talento, musicalidad poética que no fue suficiente cuando ese viento del pueblo le arrastró como un peregrino itinerante de prisión en prisión hasta que una tuberculosis se lo llevó definitivamente hasta las sombras. Aunque aquí la luz no se apagó, porque quedaron sus versos.

Ya lo dijo su gran amigo Pablo Neruda y otros hoy cumplimos su cometido:

Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!
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