El eslabón perdido

26 07 2010

El día llegó y no por esperado ha dejado de ser emotivo  y especial. Raúl se marcha. El eterno capitán del Real Madrid ha puesto punto y final a 16 años de madridismo al más alto nivel. No es un adiós, según han reconocido todos (club y jugador), sino un hasta luego, porque Raúl quiere seguir siendo futbolista mientras su cuerpo aguante. Pensaba que todavía tenía sitio en el equipo de sus amores pero ha decidido que era el momento de emprender nuevos retos, marcharse a tiempo y dejar sitio a los jóvenes. Se va Raúl González Blanco, se va una parte del escudo del Madrid, se va el eslabón perdido.

Raúl ya es historia viva del Madrid. El mito se agranda

El eslabón perdido del éxito del fútbol español del que él fue iniciador. Sí, su carácter y su compromiso fue siempre el mismo que hoy destilan los campeones de Europa y del Mundo. Su fútbol más próximo a la furia roja que al tiqui-taca le dejó a medio medio camino de una gloria que siempre se le negó: un triunfo internacional con la Selección Española. Inspirándose en su modelo, mirándose en su espejo crecieron los Iker, Puyol o Xavi, todos ellos compañeros en la Roja y protagonistas de un éxito al que Raúl llegó demasiado pronto. Ya saben, era un Ferrari, como lo definió Fernando Hierro.

 Y es que el 7 blanco era, es y será un jugador de otra época. Trabajo, humildad, sacrificio, garra, orgullo, lealtad…, han sido algunos de los pilares de sus triunfos. Su oportunismo depredador dentro del área lo definió y lo martirizó, porque éste también fue una justificación recurrida por sus detractores para explicar sus goles. Aunque para estar 16 años profanando porterías se necesita algo más. En ese tiempo Raúl dignificó y engrandeció con sus virtudes y sus defectos (que también los tuvo)  una camiseta, un número que ya forman parte de su leyenda. Una leyenda iniciada antes por otros ilustres madridistas como Amancio, Juanito o Butragueño. Pero la mística del número la ha zanjado Raúl en una nueva muestra de su carácter: “Lo más importante no es el número, sino el escudo”.

Siempre me pareció el nexo de unión más cercano a ese Madrid de mediados de siglo XX que arrasó en Europa, el discípulo más avanzado del gran Alfredo Di Stéfano. Fue el alma contemporánea de la Casa Blanca y Valdano, su descubridor, lo ha puesto un escalón por debajo del Presidente de Honor del Real Madrid. A pesar de todo, creo que le cegó su amistad en esa aseveración. Fue el más listo de la clase para ser un siete en casi todo y un 10 en instinto y en compromiso porque representó como nadie los valores del Madrid, porque en su vocabulario nunca existió la palabra rendición “y eso es para mi el Real Madrid” ha declarado hoy.

El fútbol tuvo un último guiño romántico con él. En Zaragoza, en La Romareda, en el campo donde comenzó todo hace 16 años, jugó su último partido con la camiseta blanca y marcó el gol que la fortuna le negó cuando la bisoñez iluminaba su rostro. Aquel gol que consiguió como si del Cid Campeador se tratara (estaba lesionado y había pedido el cambio) valió para reflotar a su equipo, una vez más. Él que ya intuía el desenlace  de esta película se llevó ese balón a casa.

La pieza clave del Madrid de la última década se marchó agradeciendo a todos su cariño y su apoyo en este tiempo, confirmando que había cumplido su sueño jugando en el Real Madrid, reafirmándose como un ferviente creyente de los valores del Real Madrid, esos en los que fue educado desde pequeño, esos por los que ha dado lo mejor de sí mismo desde el primero hasta el último día.

Hoy no ha habido lugar para la crítica o la controversia, facetas que Raúl conoce y que son una muestra más de su grandeza. Sólo  los grandes levantan las mismas pasiones que odios. Hoy era un día de sentimientos encontrados, de recuerdos melancólicos y de nervios incontrolados. Quizá por todo ello las lágrimas arrasaron sus ojos cuando el capitán blanco pisó el césped y acudió al aplauso cálido de su público. Era el punto y seguido. Ahora llorarán otros porque a buen seguro que lo echarán en falta. Llorará el madridismo porque ahora no encontrarán ese líder al que aferrarse, ese eslabón que vincule sus sentimientos, aunque su espíritu sobrevuele su casa, el Santiago Bernabéu, cada tarde de fútbol. Raúl, gracias y suerte.

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La dictadura de Contador

26 07 2010

Como los grandes héroes que han escrito las páginas  más doradas de este deporte, Alberto Contador abrió una nueva puerta que le acerca un poco más a ese Olimpo presidido por Eddie Merckx, Jacques Anquetil, Miguel Indurain o Lance Armstrong. Con su tercer disparo al cielo de París asciende un nuevo peldaño en esa jerarquía que algún día terminará enfrentándolo ante la historia. Franqueado por Andy Schleck y Denis Menchov, el himno español volvió a resonar en los Campos Elíseos, en lo que ya se ha convertido en costumbre en la capital gala; aún más, en el mundo entero. 

Contador repite experiencia y sensaciones sobre los Campos Elíseos por tercera vez

Y es que los acordes de la Marcha Real nos han puesto los vellos de punta en este mes de julio desde Londres hasta Johannesburgo, pasando por Alemania o París. En la capital gala esta vez no se confudieron con la música y Contador lo agradeció con una sonrisa que delataba el éxtasis y el orgullo ante lo conseguido. El ‘Pistolero de Pinto’ ya había padecido bastante. Porque éste ha sido el Tour más sufrido, decidido apenas por un puñado de segundos.

Contador lo llegó a ver perdido en esa contrarreloj final en la que las piernas no terminaron de responderle como esperaba. Fue allí cuando sacó toda su casta y el orgullo de campeón para defender ese maillot amarillo tan anhelado. Fue allí donde descubrió que la clave era saber sufrir. Fue allí donde sentenció su tercer Tour. Sus lágrimas posteriores, su exhausto gesto, sus entrecortadas declaraciones demostraban que el esfuerzo había sido infinito pero también había merecido la pena. La victoria, tras ese padecimiento, se disfrutará más.

Rodeado por la polémica del supuesto ‘juego limpio’, acuciado por la persecución de Schleck, quien ha dado un paso adelante para convertirse en el enemigo del futuro, en el rival del presente, y presionado por sentirse el favorito máximo, Contador no ha dado nunca la sensación de ir muy sobrado encima de la bici como en años anteriores. Ni siquiera cuando la carretera se puso cuesta arriba, pudo imponer el madrileño su característico balanceo. Toque de atención para el futuro.

Todo eso da hoy igual, con un nuevo triplete bajo el brazo, el de la Grand Bouclé, que añadir al otro, al de las tres grandes, conseguido hace un par de años. París se volvió  a rendir a la sonrisa de Contador por tercera vez, la quinta consecutiva en que la bandera española hondeaba en lo más alto de los Campos Elíseos y la decimo tercera vez que un ciclista español se imponía en la carrera de tres semanas más completa. Sí, nos estamos mal acostumbrando pero es que el que pedalea va camino de la leyenda a base de esfuerzo, sacrificio y humildad. Con esas bases seguirá subiendo puertos y luchando contra el crono, imponiendo su dictadura para anidar en la eternidad, donde reposan los más grandes de un deporte homérico.

Alberto Contador, en el podio de París: