Veinte años no es nada…

9 11 2009

Berlín y la Puerta de Brandeburgo hace 20 años

Eso reza el tango de Gardel y aunque uno nunca ha estado en Berlín apuesto que me encantará volver. No ha pasado tanto tiempo pero han cambiado tantas cosas. La capital alemana poco tiene que ver hoy con la de aquel 9 de noviembre de 1989 en la que en medio de la incredulidad y la sorpresa sus habitantes se dieron cuenta de que el telón de acero, ese certero término acuñado por Winston Churchill, se rasgaba. Caía el Muro de Berlín, o mejor dicho lo derribaron,  y un nuevo horizonte se vislumbraba tras él para Alemania y para el resto del mundo.

Ese muro había separado durante casi treinta años, concretamente desde el 13 de agosto de 1961, los anhelos y las penurias de unos y otros tapiados a base de ladrillo y alambradas. Muchos fueron los que habían caído en los intentos desesperados por saltar al otro lado de la Puerta de Brandeburgo. Santo y seña de un pasado vetusto y arcaico al que se puso fin casi sin querer. Fue una vez más, -y esto es motivo de orgullo para un servidor-, un periodista quien con mayor o menor ingenuidad, quien con más o menos instinto periodístico resolvió la ecuación imperfecta.

“¿A partir de cuándo?” Fue la cuestión realizada por el italiano Riccardo Ehrman ante la declaraciones efectuadas por el portavoz del gobierno del RDA, Günter Schabowski, en las que anunciaba una nueva ley sobre la libertad de viajar. Con ella los ciudadanos alemanes del este tendrían mayores facilidades para cruzar la frontera. Superado por las circunstancias, Schabowski duda, acaba de ser nombrado portavoz tras la dimisión al completo del anterior gobierno y desconoce que la nueva reglamentación es sólo un proyecto de Ley. “Inmediatamente” responde. Resulta gratificante para un estudiante de Periodismo pensar y recordar que hubo un tiempo en que su profesión sirvió para narrar la historia, para provocarla y hasta para cambiar el rumbo del destino, en una época en la que los periodistas son teñidos de amarillismo y todos saben a ‘salsa rosa’. Así nos ve hoy el mundo (y sólo han pasado veinte años).

La reacción fue inmediata. Los incrédulos apenas fueron una parte ínfima de los berlineses que se tomaron al pie de la letra las declaraciones de Schabowski y la concentración silenciosa y pacífica en los puestos de pasos no se hizo esperar. Aquella noche el portavoz del gobierno de la RDA no fue el único superado por los acontecimientos. Los ‘vopos’ (soldados fronterizos) de la Puerta de Brandeburgo, de Check Point Charlie, de Bornholmerstrasse, de Friedrichstrasse se vieron obligados a abrir los pasos prohibidos. Las ‘órdenes’ habían sido dadas desde arriba. A las 00.02 todos los pasos fronterizos estaban abiertos.

Fue el último paso, el paso definitivo, pero antes ya se habían dado pasos previos. La perestroika y la glasnot de Gorbachov había allanado el camino, los cambios producidos en los países satélites de la URSS daban visos de que algo se estaba cociendo más allá del telón de acero, más allá de ese muro de la vergüenza que durante casi treinta años separó a hermanos, separó a compatriotas. Todo se ordenó esa noche, el mundo pareció mejor entonces y al alba de ese 10 de noviembre de 1989 apenas eran ruinas lo que quedaba en pie de una separación inhumana. Los alemanes de uno y otro lado se lanzaron con sus propias manos y sus propias herramientas para derribarlo. Porque el muro no se cayó, lo tiraron.

Berlín y la Puerta de Brandeburgo hoy

Estos días la capital alemana ha sido un hervidero de recuerdos y de sonrisas, de miradas melancólicas y de reflexiones profundas. Los actos festivos han presidido la celebración de esta efeméride que instauró el año cero de una nueva época planetaria marcada por la globalización y el cambio climático. El último ha tenido lugar hoy y ha reunido en el marco incomparable de la Puerta de Brandeburgo a los más granado de la clase política de entonces y de hoy, bajo una espectacular sinfonía de luz y sonido.

El mundo todavía tiene otros muros, aunque debemos confiar que éstos también acaben cediendo ante el incontrolable impulso de la libertad y la igualdad de todos. Impulso, que hace ya dos décadas derribó un muro de 43 kilómetros del que hoy sólo queda una doble línea de adoquines de cobre que todavía surcan la ciudad. Porque los alemanes saben muy bien que recordar su historia es la mejor fórmula para no repetirla.

Documentos TV nos cuenta un momento histórico: