Una deuda pendiente

30 08 2009

Es una de las muchas que le debo, y después de esto todavía me quedarán alguna que otra por pagarle. Es un gesto sin importancia, de los que a veces pasan inadvertidos, como la mayoría de los que él ha hecho en los últimos cuatro años. Nuestra amistad, al igual que nuestra carrera universitaria se encamina hacia su quinto año de existencia, con el deseo de que sea el último en lo referente a los estudios y tan solo el inicio de nuestra relación. Aunque no puedo negarlo, mi relación con Juan Carlos González Guerrero va más allá de la pura amistad. Es ya un amigo de los de toda la vida sin serlo, un hermano con el que he compartido de todo menos equipo de fútbol y una ‘pata’ de ese tridente de la UC3M que espero que sea el mejor recuerdo que me lleve de mi paso por la Universidad.

No salimos muy favorecidos, pero ya sabes que no hay mucho material. Somos periodistas no fotógrafos

No salimos muy favorecidos, pero ya sabes que no hay mucho material. Somos periodistas no fotógrafos

Porque a Juan Carlos lo conocí allí, una fría mañana de febrero con el curso ya avanzado. En esas épocas en que las aulas universitarias se dan un respiro tras el frenesí de los exámenes, Juancar se acercó a nuestro grupo de amigos no por casualidad. Yo desde un principio pensé que no congeniaría bien con él. Se lo he recordado una y mil veces y la risa tonta nos ha asaltado al no encontrar hoy explicación a aquel hecho. Quizá fueron sus orígenes humildes, sus raíces entroncadas en la tierra de Don Quijote, su carácter afable, simpático y alegre o sus convicciones sinceras y profundas lo que me terminó convenciendo de que ése era un muchacho especial.

Y además vivía en Pinto, el lugar de residencia de Alberto Contador. Y yo jamás pensé en conocer a nadie de ese pueblo que el refranero español se ha encargado de popularizar. Tiempo después, tras haberlo visitado sólo puedo decir que es un estupendo lugar para vivir. Fue así, entre risas, bromas y alguna que otra charla (o discusión) deportiva como nuestra amistad se fue afianzando. Aunque los lazos terminaron de estrecharse cuando ambos conocimos nuestros lugares de orígen. Alejados del mundanal ruido de la capital de España, me acerqué a Villafranca de los Caballeros (Toledo), el pueblo en el que se hunden las raíces de su familia, en el que Juancar ha veraneado desde pequeño y que ahora visita con menos asiduidad de la que le gustaría. Luego le tocaría a él rendir visita al paraíso de Las Villuercas.

Posteriormente nos hicimos internacionales y juntos llegamos a conocer un nuevo continente. Lo cierto, es que en todas esas ocasiones los buenos momentos han sido el demonimandor común. Aunque también hemos compartido los malos ratos que hemos sabido capear y superar de la mejor forma posible. Porque los amigos se conocen en esos instantes en los que la sonrisa se borra de la cara y las preocupaciones se instalan en la cabeza. Afortunadamente no hemos tenido muchos de estos, pero en todos ellos nunca ha faltado una llamada de teléfono, una charla en las aulas informáticas o en el césped del campus para intentar aliviar o despejar esos problemas.

Porque Juancar es un amigo de los de verdad, de los que te dan todo lo que tienen sin pedir nada a cambio, sin esperar una recompensa. Es una de las virtudes que más admiro en él. Como su capacidad de sacrificio, de lucha y de superación ante cualquier inclemencia. No se arruga ante nada, porque a su tremendo talento une el trabajo y la perseverancia como pilares fundamentales y ésos son ingredientes esenciales en la fórmula del éxito. Aunque todo esto se comprende mejor cuando descubres que su ídolo es un ‘7’ que lleva 15 años marcando goles contra viento y marea.

Y es que tenemos muchas cosas en común, incluso nuestras aficiones y nuestros sueños son similares, aunque éstos últimos estén bañados por colores diferentes. Ahora que nuestros destinos se encaminan hacía un cruce de caminos, que Dios sabe donde nos llevará, espero que este último año de convivencia juntos esté tan cargado de experiencias, de buenos momentos y de risas compartidas en medio del estrés universitario, como lo han estado los anteriores. Porque, quien sabe, quizá en ese cruce la vida nos lleve a tomar el mismo desvío. Sería una suerte. Porque es posible que a pocos de los que hoy visiten este blog les suene el nombre de Juan Carlos González Guerrero, aunque apuesto sin miedo a la equivocación que llegará lejos, tanto como para que su nombre sea reconocido en el futuro por todos aquellos que amamos el deporte y el periodismo. Sólo espero que para entonces yo me encuentre entre su lista de amigos, simplemente para poder decirle cada 30 de agosto, ¡Felicidades hermano!

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