Un regalo caído del cielo

12 08 2009

Llegó a este mundo en plena calima estival, un doce de agosto de 19…, amparada bajo una lluvia de estrellas que aquel año fue más espectacular que nunca, y supongo que eso marcó su carácter apasionado y exigente que siempre ha demostrado hacia los suyos. Sus raíces se entroncan en la vecina Navezuelas y a pesar de que con apenas seis años se trasladó a Guadalupe, de aquéllos aprendió el sacrificio y el gusto por el trabajo bien hecho. Porque si algo caracteriza a María Isabel Fernández Porras es el pundonor, el entusiasmo y la capacidad de sacrificarse por todos aquellos a los que quiere.

Ese aluvión de estrellas fugaces conocidas como Perseidas, se sigue repitiendo hoy, muchos años después, cada 12 de agosto para conmemorar que hace tiempo se desgajó de esa nube de polvo que en estas fechas atraviesa la Tierra, una de ellas. Fue un auténtico regalo caído del cielo que hoy celebramos mirando de nuevo a ese manto estrellado al que seguimos pidiendo deseos cada vez que un haz de luz surca el firmamento.

Mi madre sentada sobre mi padre, otro afortunado.

Mi madre sentada sobre mi padre, otro afortunado.

María Isabel lo recuerda bien cada cumpleaños. Ella es la mayor de dos hermanos. Pronto dejó, por tanto, de ser hija única y desde muy pequeña cultivó ese alma de madre que con tanta eficacia ha desarrollado luego. Con la humildad y el esfuerzo por bandera llegó a alcanzar metas que sobrepasaban las posibilidades que sus padres la podían ofrecer. Sólo así se explica que llegado el momento de dar el salto hacia la Universidad, con unas notas excelentes, eligiera quedarse aquí, en Guadalupe, el pueblo que la ha visto crecer, madurar, casarse y tener hijos. Se perdió una gran estudiante y hoy otros redimimos esa causa.

Aunque se ganó una estupenda madre. Yo tardé demasiado en darme cuenta del tesoro que me cobijaba cada noche, justo antes de irme a dormir. Y hoy aún pienso que nunca valoraré lo suficiente sus esfuerzos y sus sacrificios. Será porque de pequeño la ha hecho mucho de sufrir, será porque ahora en plena juventud la hago sufrir de otra manera, o será porque el sino de las madres es ése, sufrir hasta ver a sus hijos ‘colocados’ en algún sitio, por lo que nunca llegaremos a pagarla ni una décima parte de lo que ella nos ha dado.

Mi único anhelo es que nos lo siga dando durante muchos años. Porque ella es un referente, un faro al que aferrarse en medio de las tormentas que de vez en cuando asolan nuestras almas post-adolescentes y un motivo de orgullo al que seguir satisfasciendo día a día con nuestro esfuerzo y trabajo. Algo que ella nos ha sabido inculcar muy bien. Es mucho el agradecimiento y escaso el tiempo y el espacio, porque posiblemente no existen las palabras necesarias que transmitan el mensaje que encierra toda una vida.  Si acaso, algunas se asemejan a los sentimientos que se agolpan en mi cabeza, ésas son GRACIAS, de antemano, porque es estupendo tener una madre como tú, para poderla decir, orgulloso y afortunado como me siento: FELICIDADES, mamá.

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