¡Independencia! Nos mudamos

21 10 2015

Crecemos y la casa se nos queda pequeña. De repente nos dimos cuenta que no había marcha atrás y ese monstruo temido y de tres cabezas que es cada mudanza me agarró de la pechera para no soltarme en un tiempo. En ese mano a mano he estado entretenido en estos últimos meses. Y ahora, con el nuevo hogar un poco más adecentado es el momento de anunciar aquí el traslado.

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La tan ansiada y deseada independencia llegó por fin el pasado mes de septiembre pero advierto que no coincidió con el 27-S para los más suspicaces. Fue unos días antes para contraprogramar y hacer un poquito de spoiler. Así dimos carpetazo (casi) definitivo a esta parte de nuestra historia. Adiós a esa coletilla que afeaba nuestra url, adiós a una etapa amateur que sirvió para abrirse camino, adiós al blog. Hola independencia, Hola web.

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Bienvenidos a www.emmanuelramiro.com, la nueva casa, donde hay espacio para todo y #NoSoloPeriodismo. Bajo ese lema arranca una etapa ilusionante tanto en lo personal como en lo profesional que a buen seguro estará llena de retos y aventuras. Lo primero que hay que decir es que estamos preparado. Lo siguiente, es gritar un GRACIAS eterno dedicado a todas esas personas que alguna vez han llegado a De lo mundano a lo humano para leer algún post.

Y es que dice alguien que me quiere bien que nunca sabemos quién nos puede leer. Y lleva toda la razón. Por eso hemos redoblado la apuesta. Ahora no solo podrás leer; también ver, escuchar y saborear todo lo que esconde

www.emmanuelramiro.com

Os espero en la próxima estación de este viaje 😉





Una carta de despedida

27 06 2015

Para alguien que ha recorrido la Biblioteca del Real Monasterio de su mano la pérdida resulta irreparable. Entre esos vetustos muros donde mi padre tiene la suerte de trabajar cada día, rodeado de historia, incunables y legajos he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida. Allí sentí en repetidas ocasiones que tenía mi segunda casa. Allí me recibía siempre él, Fray Sebastián García, con su verbo fácil y su cariño sincero.

Era en la torre del reloj, como se conoce popularmente a la torre de Santa Ana, donde Sebastián encontró su refugio y su lugar de inspiración durante casi tres décadas. Un torrente creativo que alumbró algunas de las mejores obras que sobre Guadalupe se han escrito. En ese archivo y esa biblioteca donde pasó tantas y tantas horas gritó con su calma habitual el amor, la pasión y la fe que tenía por esta villa y puebla.

Pero no era esa la cualidad que más me fascinaba. De él admiraba, sobre todo, su memoria, su capacidad para recordar anécdotas de su etapa en Roma o la Rábida o para almacenar conocimiento y sabiduría en una cabeza que regía igual en prosa o en verso. También era todo un maestro para calmar a las masas cada 6 de septiembre, cuando la morenita bajaba del camarín para acercarse a sus fieles. Sebastián alimentaba la espera y convertía esos minutos previos en uno de los más emocionantes del año.

 

Lo recuerdo también como un defensor empedernido de la formación y el aprendizaje continuo. El saber no ocupa lugar como máxima. Y así, rodeado de libros, el veneno del periodismo se inoculó en mi epidermis como una lluvia fina que calaba hasta el alma, mientras él se afanaba en convencerme para que fuera médico. Ahí no tuvo mucho tino, uno se desmaya cada vez que pisa un hospital. El léxico, ese que él tanto cultivaba, me llevó por otros derroteros. Y aquí seguimos, Sebastián, abonando ese terreno para que el futuro florezca. Un futuro mejor en este valle de lágrimas que tu verás desde un lugar privilegiado del viaje eterno que ahora emprendes.

Eterno es también mi agradecimiento, Sebastián. DEP.

 





El entrenador de nuestras vidas

2 05 2015

¿Cómo olvidar aquel primer día? El veneno ya se alojaba en la sangre pero él comenzó a canalizarlo, a trasladarlo del corazón a los pies y de ahí hasta la cabeza. De allí no nos lo quitamos jamás mientras los dientes se terminaban de caer y unos extraños pelos hacían aparición en nuestro rostro. Con un balón como aliado fiel descubrimos palabras mayúsculas: compañerismo, sacrificio, superación, compromiso, solidaridad y, como no, gol. Alguno que otro cantamos aquella tarde, la primera de muchas en las pistas del Colegio Público Reyes Católicos, en que Luis Reinoso nos empezó aleccionando de fútbol y terminó enseñándonos de la vida.

Foto Luis OK

A mediados de los noventa las facilidades eran ya otras. Lejos quedaban las dificultades propias de los primeros años de aquel Villuercas 120, cuando la pasión se alternaba con el deber del trabajo, cuando los entrenamientos se hacían a las seis de la mañana, cuando no existían instalaciones y había que inventarlas o lo que es lo mismo, prepararlas por su riesgo y cuenta. Pero nada es en balde y así se forjó el carácter combativo y luchador de un equipo comprometido, cuya entrega no solo unió a los jugadores, sino que alimentó a un pueblo que miraba con admiración a aquel grupo de jóvenes que corrían desaforados detrás de una pelota.

Los éxitos no tardaron en llegar y una cuota importante de esos triunfos se debe también a una familia comprensiva y paciente que arropó a Luis en su sueño, para que fuera el de todos. Eran su padre o su mujer los que se quedaban en el bar durante los entrenamientos o durante los partidos. Entonces Luis arrancaba su coche y se ponía en marcha para llegar al destino a la vez que su pupilos, quienes habían zarpado en autobús. Y entre partido y partido un sin fin de camisetas embarradas, descosidas o rotas que pasaban por las manos de Doña Carmen para seguir vistiendo un sueño. Fue entonces cuando el ingenio suplió las escaseces económicas e instauró una política que se repetiría con el paso de los años: las rifas, los bares en las romerías, las porras de resultados y la colaboración de hasta 200 socios avivaron durante más de una década esa llama.

Entre varias idas y venidas, en los ochenta creo (junto a antiguos compañeros) la Asociación Deportiva Extremadura (Adex). El fútbol pasó a ser fútbol-sala inmortalizado en esas camisetas de rayas rojas y amarillas o azules y blancas con las que surgen para muchos los primeros recuerdos con balón. Poco después llegaría un lema que se clavaría en las sienes de varias generaciones de guadalupenses: ¡No a la droga! El deporte como alternativa y terapia de choque, el deporte como ventana de oportunidades, como entretenimiento y como escuela de vida. El deporte, en definitiva, como caladero de valores y alimento de pasiones para los jóvenes. Luis redobló la apuesta y al fútbol se sumó el atletismo o el tenis, incluso hubo espacio para un equipo femenino.

Eran aquellas las tardes de entrenamiento en el polideportivo municipal donde el musgo que crecía al abrigo de la humedad nos jugaba alguna que otra mala pasada. Eran también las tardes de carreras por el Dehesón o esos descensos por la carretera bacheada de la Sierra que nos ayudaban a perfeccionar el físico y ganar resistencia en altura. Eran los viernes por la tarde de soñar goles y preparar posibles celebraciones. Eran los madrugones del fin de semana y los nervios compartidos en el microbus de Salva. Eran la vuelta a casa rumiando la derrota o montados en la montaña rusa de la victoria. Era todo eso y más. Y era maravilloso.

Así nos fue haciendo personas, casi sin querer, convirtiéndose en un segundo padre para algunos, en un confidente para otros y en un negociador para todos ante esos tiras y aflojas entre padres e hijos, ya fuera a causa de las notas, de los deberes sin hacer o de los madrugones del fin de semana. Durante todo ese tiempo su lucha fue la pervivencia del deporte en Guadalupe. Desinteresada, centrada en la ilusión que irradiaban los ojos de aquellos niños que corrían hacia la adolescencia con un balón en los pies. El final fue una vuelta a los orígenes. Un epílogo emotivo y sacrificado, como siempre, para sacar adelante la pasión que le corría por las venas. En 2003 volvió a haber fútbol en Guadalupe y en la Vía el balón echó a rodar con el sacrificio de muchos, pero por encima de todo por su tesón y cabezonería. Cualidades que ya había demostrado en una de sus reclamaciones históricas, la de un pabellón cubierto para su pueblo que nunca le vio sentarse en ese banquillo. Hoy, su nombre luce en la entrada y pocos actos de mayor justicia se han visto en Guadalupe que ese. Gracias por tanto. Gracias por todo, Luis.





Arquitectura del horror

27 01 2015

No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará? Primo Levi

Dicen que lo peor es el silencio. Un grito ahogado que traspasa muros y se filtra bajo el suelo. Un eco mudo al acecho en cada esquina. Un miedo sordo conectado por los alambres de púas que marcan la frontera del infierno. Dicen que la calidez del ambiente no mejora ni en las mañanas soleadas de mayo. Dicen que la frialdad lo domina todo como un manto de niebla, que exista o no, cubre cicatrices inhumanas. Por decir, dicen que el horror anida allí donde la historia y el recuerdo señala el kilómetro cero de la barbarie.

Raíles de tren que desembocan en Auschwitz

Para redondear la mueca macabra los huéspedes son recibidos bajo un eslogan tan sugerente como cínico: “El trabajo os hará libres”. Porque ese recibimiento es ya un pasaporte hacia la desesperanza, el abatimiento y la desconfianza en el ser humano. Algo se rompe por dentro al cruzar esas rejas corroídas por el odio. La punzada, aseguran, se aloja en un rincón del alma para siempre, justo al lado de las pesadillas infantiles, esas que resultan del todo inexplicables. Y a pesar de todo nos sentimos afortunados, porque nosotros viajamos con salvoconducto, un billete de vuelta sobre los raíles que un día solo fueron unidireccionales.

Son los nudos de (in)comunicación que sirven para explicar la historia. Trenes y raíles que vertebraban un espacio dominado por la mayor enajenación pertrechada por el hombre. Una red de redes cuya última parada era el exterminio industrial. Destino final para un millón trescientos mil deportados que en algún momento se alojaron en esa ciudad de la muerte donde la dignidad se perdía bajo un pijama de rayas, estrellas (¡qué ironía!) marcadas y números impersonales. Preludio humillante teñido de trabajos forzosos que debilitaban cuerpo y mente, que arañaban la esperanza.

Todo eso ocurrió hace más de 70 años en Auschwitz. El campo de concentración y trabajo más grande de los construidos por los nazis. Epicentro de la Solución final, supuso un salto en la escala del horror, tras la exterminación de gran parte de los judíos de Europa. Para llevarlo a cabo el Estado Hitleriano instauró dos tipos de campos, los de concentración, destinados a matar con trabajo esclavo todo tipo de enemigos políticos o elementos impuros (judíos, homosexuales, comunistas, republicanos españoles), y los del exterminio, destinados a la aniquilación directa de seres humanos en cámaras de gas. Auschwitz estaba preparado para matar de ambas formas.

Afortunadamente, en 1945 cuando las tropas soviéticas cruzaron las puertas del infierno todavía quedaban supervivientes. Algunos de ellos de pluma tan exquisita como Primo Levi. El escritor italiano desgrana en Si esto es un hombre con descarnada frialdad y una distancia impropia de quien ha sufrido tanto los recuerdos de aquellos días de oscuridad y furia silenciada. Entre las situaciones más destacadas resalta los escasos encuentros entre los guardias de las SS y los prisioneros, porque estos últimos habían creado todo un sistema para mantenerse lo más lejos posible del horror directo. En Levi se repetía una tendencia común en muchos de los supervivientes. Por sorprendente que parezca no guardan rencor u odio a sus verdugos. Eso supondría equipararse a ellos.

Una nueva lección en tiempos de valores extraviados e intereses difusos. Las víctimas prefieren avivar la memoria con sus recuerdos, en una lucha contra el olvido, en una viaje al pasado cuyo único destino es no repetir errores en el futuro. Ahora que se acaban de cumplir 70 años de la liberación de Auschwitz no está de más recordar que hubo un día en el que la realidad superó a nuestras pesadillas. Para no olvidar aquel mal sueño es necesario seguir recorriendo los raíles de la historia.





Un hombre vencido por una palabra

1 05 2014

Aquel sonido se le clavó en la sien. Luego llegó el silencio. El silencio entre la multitud era una de las situaciones más fascinantes de su profesión, pero en esta ocasión lo paralizó. Sin tiempo de reacción apenas articuló un “no puede ser” mientras cubría su cabeza con los brazos. El resto de sus compañeros se afanaban en protestas y gritos. Sus ojos inyectados en sangre y con el sudor recorriendo su frente contrastaba con la cara desencajada de Luis, absorto, fuera de la escena. Era consciente de que no había nada que hacer.

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¿Tantos años de trabajo morirían allí? ¿Era ese el final del sueño? Se preguntó mientras rememoraba los madrugones, la juventud perdida, los días de bocadillo, el abandono prematuro de los estudios, los largos viajes y también las broncas de su madre que nunca quiso que tomara ese camino. Allí llegó siendo un crío, avalado por las destrezas conseguidas en las horas de calle y patio de colegio para orgullo de su padre, que siempre lo apoyó. Sobre todo al principio, cuando nada resultaba sencillo para un niño en un mundo de hombres. Persistencia, le repetía su padre para alimentar una ambición irrefrenable que destiló por todas las categorías de la empresa hasta conseguir un puesto fijo. Antes había sido meritorio. Ahora era la estrella de la oficina.

Aunque no reaccionó como tal aquella tarde en que la calima de junio apretaba con fuerza. El cansancio ha atenazado sus músculos y solo los ojos parecen responderle. A través de ellos ve a los directivos ahogarse con una corbata que aprieta demasiado, mientras otros no aguantan más, se levantan de sus asientos y se van. No soportan la presión. Tampoco la soporta el jardinero, uno de sus mejores amigos en ese lugar, su gran confidente, quien llora desconsolado como un niño antes de que todo se desvanezca. En ese recorrido su mirada se cruza con la de su jefe, manager general se hacen llamar ahora, al que la ira no le permite ni pestañear. Nadie apostó tanto por Luis como él, y ese es el pago que recibe. Para él también puede haber pasado el último tren.

“No hay nada que hacer” repite Luis para desconsuelo de las cientos de familias que han visto como su ilusión, sus posibilidades de crecer y prosperar, de seguir viviendo un sueño están a punto de esfumarse. Reconoce las caras del constructor que tanto dinero ha invertido, la del abogado al que confió los papeleos del contrato aún por firmar -esa renovación al alza que quizá ya no llegue-, la del propietario del restaurante donde tantas comidas de unidad han celebrado, también descubre el rostro pálido del dueño del bar de copas donde remataban las jornadas gloriosas y olvidaban los días cargados de oportunidades perdidas. Hoy no quedarán ganas ni siquiera para eso.

No son las únicas caras reconocibles. Hay otras más desencajadas como la del panadero que hace apenas dos días le trasmitía su nerviosismo y sus ánimos ante lo que se venía encima, gestos fruncidos como el de su amigo Pedro José, regente del mejor hotel de la zona y quien también sufrirá el revés. Al igual que Ernesto, su fisioterapeuta de confianza. Uno de los muchos que se quedó por el camino y ve en Luis lo que nunca pudo ser él. También está ella, la madre de sus hijos, y su mirada calmada. No necesitan gesto alguno, esos ojos siempre le han transmitido luz y esperanza.

Pero esta vez no lleva razón. A sus 34 años, Luis seguirá sin conocer las calmadas aguas de Madagascar. Tras esfumarse la prima pactada, el destino vacacional volverá a ser una playa de ámbito nacional, donde jugar con las palas y hacer castillos de arena con los niños. Y ellos, los niños, ya no coleccionarán fotos de su padre. El grito del locutor de radio provoca una punzada de dolor en el estómago: “¡Penalti! ¡Penalti en Las Gaunas! ¡A dos minutos para el final!” Mientras lo dice su puño se estampa contra la mesa. También él es consciente de que no cantará goles galácticos y recitará alineaciones de primera. La ola de la derrota se ha llevado sus castillos de arena por delante.





Legislaturas

22 04 2014

A Sergio le duele la cabeza. Son tantas las posibilidades que se le han pasado por la azotea, que a estas horas mezcla ideas e impulsos. No sabe si llamar o escribir, si presentarse por sorpresa o dejar pasar más tiempo. -No, más tiempo no, ya está bien-, se dice. Y se decide por la primera opción, por recurrir a la nostalgia de los buenos tiempos, de las primeras veces, del inicio de todo. El guasap vuelve a ser su aliado, un mensaje y una carita de guiño que es respondida secamente con un ¿para qué? Sergio se da cuenta de que hay que subir la apuesta: -Necesito verte y hablar mirándote a los ojos- escribe en el móvil, y se la imagina poniendo esa sonrisa picarona suya mientras contesta. -Vale, pero mejor a las 6 -.

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Quedan en las escaleras del Congreso de los Diputados, custodiados por esos dos leones que tanto saben de su vida. Ahora prefieren los últimos escalones, el amparo de las columnas, otra visión distinta de la plaza. Se saludan con un beso insípido en los labios. Cristina llega bellísima, con ese vestido colorido que estiliza su figura y con su cazadora vaquera favorita. Además se ha maquillado levemente para resaltar ojos y pómulos y calza esos botines que hacen retumbar el firme a cada paso. Sergio siente que no ha comenzado el partido y ya pierde 1-0.

-¿Cómo ha cambiado la Plaza, eh? -, pregunta dubitativo él.

-Será el paso del tiempo, como todas las cosas se van adecentando -, dice Cristina al sentarse a dos palmos de él.

-Hoy, al menos, esto está tranquilo, se nota que no hay manifestaciones, hay pocos polis por aquí -, suelta aliviado Sergio.

-Solo me faltaba eso, tener que salir corriendo -, responde ella.

-¿Qué pasa? ¿No has tenido buen día? -, insiste Sergio.

-Mejorable, pero vamos pensaba que irías al grano desde el principio. Han pasado diez días y habrás tenido tiempo para buscar soluciones ¿no? -.

-Sí, sí. Claro, claro. Joder de hecho he pensado que no había mejor sitio que este, donde quedábamos al principio -.

-Ya me he dado cuenta, ya. Tú y tus detalles…

-Pues yo quería explicarte que estamos en la segunda legislatura. A punto de terminarla y con la necesidad de votar. ¿Queremos continuar con el mismo gobierno o decidimos cambiar…? -. Recita Sergio, como si fuera un discurso perfectamente repasado.

-¿Cómo? ¿Qué dices de legislatura? Me estás vacilando, ¿no? -, pregunta descolocada Cristina.

-Nada de eso -, responde Sergio, consciente de que ha recuperado el control de la conversación.

En ese momento un grupo de universitarios hacen cola para visitar el Congreso. Se amontonan en la parte baja de las escaleras y un policía les confunde con el resto del grupo.

-¡Eh! Ustedes. Venga que la visita va a comenzar, no se hagan los rezagados -. Ambos se miran atónitos y antes de que ella responda al policía Sergio ve su oportunidad y se lanza. Coge su mano y se incrustan en la cola como uno más.

-¿Qué haces?

-Estoy dejando de ser previsible, estoy intentando no ser políticamente correcto, estoy volviendo a sorprenderte.

-¿Y crees que es el mejor momento? Teníamos una conversación a medias -.

-Venga chicos id pasando y entrad por esta primera puerta a mano derecha. Tenemos que pasar todas las mochilas y bolsos por el detector de metales -, interrumpe la voz del vigilante de seguridad.

-No se me ocurre un sitio mejor para charlar y debatir sobre el estado de nuestra relación que este-dice irónico Sergio.

-O sea que yo diciéndote que no sé hacia donde va lo nuestro. Que me veo estancada y tú te lo tomas a cachondeo -, responde Cristina

-Todo lo contrario, mi único interés es estimular el consumo. El de ambos, me refiero-.

-Una ironía más y me voy -, añade Cristina.

-Bienvenidos a la Cámara Baja de las Cortes Generales o al Congreso de los Diputados como se le conoce popularmente. Están ustedes en el órgano constitucional que representa al pueblo español. En el corazón de la democracia. Mi nombre es Jesús Sánchez y les voy a guiar por esta casa, acompáñenme. En este primer pasillo se encontrarán con caras más conocidas y otras que le sonarán menos. En los cuadros aparecen todos los presidentes del gobierno desde 1978. Antes de que los juzguen precipitadamente piensen que ninguno de ellos lo tuvo fácil y que todos sacrificaron algo en el camino por servir a su país y por defender la democracia que ahora disfrutamos.

-En serio, no vamos a tener que aguantar esto durante hora y media, ¿no? -, le susurra Cristina.

-Tranquila, déjate llevar. Está todo controlado -, le dice Sergio, mientras traga saliva mirando hacia otro lado. Sus ojos buscan desesperadamente una salida, ve una puerta entornada y cuando piensa en acceder al despacho una voz surge del interior de la sala y comienza a hablar por teléfono. Más adelante están los baños, pero no es la puesta en escena que había pensado. El siguiente cartel le alivia el sofoco: Cafetería.

-Al final del pasillo te separas del grupo y subes las escaleras conmigo. Con naturalidad y sin prisas. ¡Ok! -, dice entre dientes Sergio. A Cristina ese punto de tensión y aventura le eriza la piel. Es una sensación que hace tiempo que no tenía.

-Vale, vale -, acepta sin discusión.

Nadie repara en su ausencia y ambos se sienten aliviados cuando alcanzan el piso de arriba. Por fin vuelve a estar solos.

-Para traerme a una cafetería igual no hacía falta tanta parafernalia -, ataca de nuevo Cristina

-Bueno dijiste que no querías monotonía. Pues aquí tienes algo diferente. ¡Ah! Y por cierto, no vamos a la cafetería -, responde Sergio.

Subiendo las escaleras se ha visto representado en esos estudiantes mucho tiempo atrás, ha recordado la excursión que hizo con el instituto, y que justo al lado de la cafetería se encuentra la bancada de prensa. A la cabeza le llega el pensamiento de aquel día, cuando fantaseaba con ser plumilla para destapar verdades incómodas. -¡Qué listos, estos! Con el bar al lado por si se aburran -.

-Toma asiento -, le dice a Cristina mientras ella mira embobada el hemiciclo desde las alturas, -desde aquí se ve todo mejor -, añade Sergio.

-Es lo mismo que se ve por televisión. Solo que ahora hay aún menos parlamentarios de lo habitual -. Dice Cristina

-Es cierto. Y lo mal que tratamos ahora a la democracia con lo que costó conseguirla, ¿eh? -.

-Supongo que se trata de cuidarla día a día, y los que se sientan en esos sillones no se preocupan mucho por cuidar o defender lo que tienen.

-¿Tú crees que nosotros seriamos buenos políticos? -, pregunta Sergio.

-¿Nosotros? ¿Qué me quieres decir con eso? -.

-No sé, yo creo que tu manera de amar es la manera en que un político ama el poder -. Insiste Sergio.

-¿Cómo? -.

Sí, sí. Mira tú intentas perpetuarte en el poder, tu anhelas el amor para toda la vida, tu piensas en envejecer sentada en el mismo sillón.

¿Y tú que preferirías cambiar de sillón cada dos por tres? ¿o es que ahora te molesta mi forma de querer? -, pregunta Cristina

-No, no es eso. Pero he estado dando vueltas durante todos estos días y creo que la clave está en las legislaturas. Las relaciones de amor deberían construirse a base de legislaturas -.

-¿Has dejado de leer el Marca y te ha dado por leer a Rousseau o Hobbes? -, vuelve a insistir Cristina.

-Quién es la que está ahora de cachondeo. Te estoy hablando en serio. Ese amor para toda la vida que tú quieres solo puede construirse acudiendo a las urnas periódicamente, cada cuatro años, por ejemplo, para saber como se están haciendo las cosas, para saber si el gobierno de turno se ha ganado la confianza de los electores o si por el contrario el voto de castigo les dejará compuesto y sin pareja -.

-¿Y en que se diferencia eso de lo de ahora? ¿En que el qué tal, cómo va todo, tardarás cuatro años en preguntármelo? -, replica Cristina.

-Está claro que necesito un voto de confianza. El trabajo me ha absorbido en los últimos meses, me he dejado llevar por la rutina y no me he preocupado por nosotros. Pero también he aprendido de los errores y no voy a repetirlos -.

-¿Te veo muy seguro? -, le sugiere Cristina.

Sin seguridad en si mismos los políticos que se sientan aquí perderían su careta. Irían desnudos.

-¿Y tú pretendes ser solo fachada? -, vuelve a preguntar Cristina.

-Sabes que no. Y para que veas que no es así me gustaría poder terminar de explicarte mi teoría sobre nuestra relación -.

-Espero no arrepentirme, adelante -, dice Cristina.

-He pensado en todo -, dice entusiasmado Sergio, -con que haya gabinete de crisis cada vez que una discusión o problema haga tambalearse al gobierno, con los congresos del partido en forma de citas y planes juntos para estrechar lazos con el electorado y con un potente grupo de comunicación detrás que ayude a lanzar nuestros mensajes. Si algo me ha mortificado estos días ha sido la falta de comunicación. Algo fundamental en una pareja -.

Cristina esboza una leve sonrisa que borra de inmediato para adquirir un rictus serio: -¿Y que ocurre si en medio de la legislatura hay una infidelidad? -.

El rumor de pasos y cuchicheos inunda de repente la tranquilidad del hemiciclo. Bueno chicos pues estamos ante la joya de la corona de este edificio. Donde 350 diputados marcan el devenir del país cada día. Se trata de un lugar que adquirió un simbolismo especial aquel 23 de febrero de 1981, la crisis de credibilidad y confianza que sufría el Gobierno de Adolfo Suárez era tremenda y se produjo el golpe de Estado que ya habréis estudiado en clase. Si miráis allí arriba, en el techo todavía se pueden observar los tiros del Teniente Coronel Tejero. En las sucesivas remodelaciones que ha sufrido la cámara no se han querido tapar los impactos de bala para no olvidar lo que pasó.

-Ahí lo tienes, -responde por fin Sergio-, siempre quedará el golpe de Estado o la moción de censura si se prefiere la vía democrática. ¿Qué más quieres? -, dice confiado Sergio.

-Lo que yo quiero es que me vuelvas a sorprender, que me vuelvas a divertir, que sea toda una experiencia quedar contigo.

-Igual lo de hoy es una pequeña muestra de lo que te espera.

-Pues yo espero que no sea todo una bonita puesta en escena y poco más. Quiero hechos, ya me cansé de palabras bonitas, y tiempo. Tiempo para saber lo que quiero.

Claro, claro. Bueno puedes tomarte los días que quieras. Supongo que necesitas reflexionar.

-Sí, eso es lo único que tengo claro ahora.

-Ya me imaginaba que esto no sería tan sencillo.

-Miralo por el lado bueno, todavía puedes buscar un eslogan, ya sabes, algo potente, con sonoridad, para terminar de convencer a alguna indecisa…

-Un eslogan… murmura Sergio con sorna, mientras la ve alejarse por el pasillo. Un eslogan, vuelve a repetir cuando se queda solo recostado en el asiento. Claro era eso… dice mientras se descubre acariciando su esclava. Fue el regalo más importante que ella le hizo en la primera legislatura. Ahí tiene la pista que necesitaba. En ese momento Cristina aparece en el hemiciclo y asciende los escalones que la conducen hasta el estrado principal. Desde allí mira hacia la zona de prensa, justo antes de escribir algo en un papel.

-¡Sergio lucha por lo que quiere!, grita su novio desde la bancada de prensa. ¡Sergio lucha por lo que quiere! Repite de nuevo más alto asomándose a la baranda. Y ella sonríe saliendo de la sala y dejando atrás su voto.





El griego de Toledo

7 04 2014

 

Hoy sería un director de cine. No quiere copiar la realidad… ¡Lo que quiere es que parezca que están vivos!” Fernando Marías 

El olvido es la peor respuesta para un artista. El rechazo y la marginalidad son las aves carroñeras que sobrevuelan alrededor de ese fracaso. Una losa que para algunos, como Doménikos Theotokópoulos, significó más de dos siglos de ostracismo y muerte. Ahora 400 años después de hacer ese viaje celestial que tanto espacio ocupó en sus cuadros resucita ante nuestros ojos. Vuelve lleno de vida y obra, de arte y propaganda oportunista. Sus brochazos son hoy su mejor defensa para conocer quién fue y cómo vivió un griego en Toledo, El Greco.Imagen

A pesar de lo próximo de su reconocimiento como gran artista contemporáneo, apenas un siglo, son muchos los mitos y leyendas que se han edificado alrededor del pintor cretense. En realidad estamos ante un artista poco estudiado y mal definido que nunca fue un visionario, porque como dice Fernando Marías, historiador del arte español y especialista en El Greco: “Los visionarios no tienen contacto con la realidad y El Greco se alimenta de la percepción. Disfruta con lo que ve y produce a partir de lo que mira”. Quizá por ello el retrato, ese primer plano sin engaños, es otra de las reivindicaciones de la exposición que estos días puede admirarse en Toledo, la ciudad que le acogió en España. El Greco es un gran retratista parece gritarnos la exposición al enfrentarnos nada más llegar con El caballero de la mano en el pecho en el Museo de Santa Cruz.

Hasta allí han llegado todas las grandes obras de este artista, 76 en total, nacido en Creta, quien vivió en la isla hasta los 26 años, donde su pintura mamó de las fuentes posbizantinas, para adquirir posteriormente una pátina de renacimiento, oleo y color con su estancia en Venecia. En Roma se empapó de manierismo y del huracán miguelangelesco. Ahí están las bases de su estilo, de su concepción de arte, de su interpretación única y veraz. Con esa paleta de influencias llegó a España. A Madrid primero, atraído por la decoración del Monasterio del Escorial, y a Toledo después, ya en 1577, donde le llegarían sus primeros encargos de importancia en nuestro país.

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Ahí surge El Greco como artista total. Con los retablos como festín escénico, todo queda al servicio de la emoción y ningún retazo se idea para la contemplación en museos. No lo hizo con La Trinidad, El Expolio o Alegoría de la Liga Santa. Este último fue junto a El Martirio de San Mauricio, las dos obras encargadas por Felipe II. La idea del pintor cretense era hacer carrera en la corte, pero ambas pinturas no fueron del agrado del monarca. Y el griego decide establecerse en Toledo. Su mirada y su pincel socializa entonces lo divino, acercando al pueblo una religión más humanizada con cristos veinteañeros, atléticos, vírgenes hermosas para contentar así nuestra imaginación de lo religioso. “Era un provocador; busca clavar un puñal en el ojo de aquellos fieles que se acercaban a rezar”, resume Marías.

En su madurez se aprecia mejor la personalidad del artista. Un ser extravagante que no pretendía doblegar su impulso estético a las ordenanzas de nadie. Orgulloso y testarudo, con un ego enorme no terminó de sentirse nunca un toledano más, según los historiadores más destacados. Sus cuadros firmados siempre en griego nos dan otra pista al respecto. Esa rúbrica aparece en El entierro del Conde Orgaz o La adoración de los pastores dos de esos cuadros rotundos que cerraron su prolífica obra. En aquel tiempo no existía afán alguno por nacionalizarle, por hacer desaparecer al Greco que existía antes de llegar a España. Doménikos fue siempre cretense y veneciano y nunca quiso dejar de serlo. Lo fue cuando su trazo no era tan sinuoso, cuando sus posturas no eran tan retorcidas, cuando sus figuras, incluso la suya propia, no eran tan alargadas.